sábado, 24 de octubre de 2009

Horacio Tarcus, desde París, opina sobre "Fotomontajes"

Investigador, periodista y escritor, el Director del CeDInCI (Centro de Documentación e Investigación de la Cultura de Izquierdas en Argentina) opina sobre el último libro de Carlos Penelas, Fotomontajes.

Si el autor de estas crónicas o su editor me hubiesen dado a leer este libro cuando aún no tenía nombre, hubiera propuesto bautizarlo con el nombre de uno de los textos que lo componen: Un poeta anarquista leyendo el diario. Porque Penelas lee atentamente el diario todas las mañanas, y como se indigna en su lectura, y se hace mala sangre con la marcha del mundo, necesita volver a contar, a contarnos, las noticias que acaba de leer. Pero para poder conjurar tantos sinsabores, lo que en el diario aparece como el horror naturalizado, en el relato de Penelas el horror vuelve a ser horror. Ahora bien, para lograr esa alquimia que le permite que volvamos a experimentar el horror de la realidad, Penelas tiene que trastocar el registro del periodista por el del moralista. Las crónicas de Penelas no son otra cosa que sus lecturas cotidianas presentadas desde su prisma moral.

Ese prisma moral hace que Penelas organice tantas informaciones sobre la realidad conforme a una suerte de visión decadentista de la historia. Al modo de los moralistas clásicos, la vara con la que mide las miserias del presente es la de las riquezas del pasado, o por lo menos sus promesas. Si es posible identificar las lacras del presente, es porque hubo virtudes clásicas. Y es así que Penelas contrasta la alegre ignorancia de las jóvenes generaciones con la férrea voluntad de saber de los inmigrantes autodidactas; el cybercafé con la biblioteca obrera; los individualismos y los narcisismos del presente con las solidaridades del pasado; las relaciones virtuales construidas desde las modernas tecnologías con el antiguo cultivo las relaciones interpersonales, las relaciones cara a cara, verso a verso y cuerpo a cuerpo; los amores líquidos con los amores sólidos, la era del vacío con la vida plena de sentidos, o en la que al menos se creía que se podía luchar para darle un sentido. Ciertamente, asoma por momentos y en algunos tramos de sus crónicas una luz de esperanza (sus propios hijos, por ejemplo, mostrarían -alla Sartre- que es posible hacer algo con lo que la necesidad hace con nosotros), pero Penelas tiende a pensar la realidad a partir de estos contrastes. Si no, no sería un moralista.

Penelas es un moralista angustiado pero indulgente. No condena, no pretende mostrar soluciones, se limita a mostrar. Lo que no es poco. Las crónicas de Penelas no son impersonales ni mucho menos: son crónicas en primera persona, donde el hilo conductor, incluso el único hilo conductor, es el yo hablante del narrador. Penelas recupera y cultiva con maestría la tradición del conversador. Por eso sus crónicas parecen instalarnos imaginariamente en su mesa de bar porteño, donde el autor tiene por delante el diario y a un costado, la pipa y la taza de café. Y desde allí nos habla desenfadadamente, nos lleva por aquí y por allá según lo lleva a él mismo el hilo de la conversación, o las páginas del diario. Y así como a ninguno de nosotros le interesa circunscribirse a un solo tema cuando mantenemos una conversación, a Penelas no le interesa en absoluto la unidad temática de cada una de sus crónicas.

Incluso discute con el lector imaginario que por momentos se pierde, porque todavía no descubrió que Penelas nos cambia abruptamente de tema, y sin embargo habla siempre de lo mismo. No es que se repita, es que Penelas cree, como Hegel, que todo tiene que ver con todo. Y es así que es capaz de conectar, apenas de un renglón a otro y sin previo aviso, una película de Resnais, un hecho de corrupción, un poema de Juan Ramón Jiménez, un partido de fútbol, el Satiricón de Petronio, un recuerdo de la infancia, la guerra de Irak y la obra de Rafael Barret.

Su relato se deja llevar por el vértigo de una conversación. Penelas se ha angustiado con la lectura del diario y nos quiere volver a contar las noticias de otro modo para conjurar la angustia. Y busca la complicidad de otros lectores angustiados con la realidad. Penelas se indigna, se enoja con la realidad, y quiere dialogar con otros indignados y enojados. Él tiene para ofrecernos, como contrapeso, ciertas perlas de la cultura que hace años, o desde siempre, se ha empeñado en pescar. Es así que va desgranando generosamente de su fichero las piezas del tesoro de su botín: frases de John Berger, de Benjamin Péret o de Paul Válery. Cuando la descripción del presente se torna demasiado apocalíptica, Penelas sabe equilibrarla apelando a una buena cita de Camus o de Cabrera Infante. Y cuando la realidad se vuelve demasiado prosaica, Penelas apela al registro poético.

Al lector que está afanoso de novedades, Penelas lo invita a leer a los autores que ya nadie lee, como Azorín, Pío Baroja, Juan Ramón Jiménez, Ibsen, Luis Franco o Arturo Marasso. Y si el lector está deseoso de neologismos, Penelas acentúa chófer, cuenta que “Madre le leía” o exclama ¡pamplinas! Y cuando el realismo quiere justificar la realidad solamente por la prepotencia de lo que es, Penelas echa mano de las utopías. Por eso, cuando los medios levantan sus efímeros héroes de pacotilla, Penelas nos recuerda que también existieron Rafael Barret, o Buenaventura Durruti.

Termino de leer Fotomontajes y tengo la sensación de haber tomado unos 70 cafés con Penelas en el bar de Córdoba y Callao. Y que me vuelvo por Callao con la cabeza revuelta de tantas cosas que me disparó, a ver si consigo en una librería de Corrientes el poema “Espacio” de Juan Ramón Jiménez, o si en la Cinemateca de la Lugones reponen Hace un año en Marienbad. Entonces, ¿qué mayor elogio puede hacerse de un libro que sin evadirnos de la dura realidad del presente, nos invita a leer otros libros, nos incita a disfrutar de otras obras, nos recuerda que detrás de esa realidad deprimente laten utopías, que detrás o debajo de la ciudad visible, palpitan ciudades invisibles?

Horacio Tarcus

Rocío Danussi leyó este texto en la presentación de Fotomontajes realizada el jueves 22 de octubre, en Editorial Dunken.

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