miércoles, 9 de septiembre de 2009

Forma y materia

El poeta es el creador de la lengua.
Amado Alonso

La poesía es la consecución de su propio objeto. Y la función del poeta es revelar los momentos de trascendencia, lo individual y universal que redescubre su mirada. El poema es siempre un objeto de placer y no de juicio. En lo poético, la memoria de la infancia y el resplandor de la eternidad. Hay en todo poema auténtico un sentido metafísico. La indecisión del sueño es el contorno del poema, el universo mágico de lo poético. Por eso su deslumbrada incertidumbre, su intuitiva explicación de la belleza. El vulgo -y también ciertos críticos y profesores- se deslumbran a menudo con modas, con destellos accesorios pues desconocen la emoción estética y confunden el reflejo de la luz con la luz misma. Hegel en su estética nos habla de la cultura reflexiva y nos advierte: "Nuestra época no es, en general, propicia para el arte..."

La belleza poética debe hacernos vibrar como el goce de la mujer amada, pues lleva la mitología de las cosas, los símbolos del destino.

Cuando evoco a mis padres, ciertos libros, a hembras que multiplican el júbilo del alba, a mis hijos, en verdad intento dar huellas, introducirme en ese discurso lírico a través de la intuición virginal. En el poema está la temporalidad. Y el poema, como toda creación, es excepcional. Al dejar a un lado las obras prescindibles observamos que la literatura nos lleva a una cultura que tiene sus vínculos con la sensibilidad: el afecto, el tacto, el olfato. En literatura, como en el amor, se extravían las orillas; la estética, y sin duda alguna, la concepción ética. Es una necesidad íntima alejada del éxito, la promoción o la banalidad. Estoy hablando del sentido ético de la existencia como acto concreto, como compromiso ineludible.

El drama y lo cotidiano se hacen leyenda, palabra. Nace la fantasía, el refugio de lo trascendente, lo inquietante de cada latido que va revelando nuestro ser, nuestra voz interior. Paraísos en el aire. Sabemos que todo es fugaz y que la poesía es una actitud del sueño y la vigilia. De aquí, sospecho, surgen las imágenes. Y el compromiso con la dignidad del hombre, con su libertad.

Decía Pío Baroja cuando hablaba de los estilos literarios que se inclinaba por el estilo directo, fácil, sencillo, especialmente para la novela, que, según él, es género “que no se presta para los ejercicios de estilo”. Renán dejó señalado en el prefacio de los Recuerdos que es vanidad imaginar que los detalles de la propia vida vale la pena narrarlos a los demás. Si a veces escriben, nos advierte, es sólo “para transmitir a los otros la teoría del universo que uno lleva dentro”. Es evidente que la discreción es indispensable para la creación. Para intentar seguir lo íntimo, la marcha del espíritu debemos dejar a un lado lo vulgar, la frivolidad. El poeta vive perdido en un hormiguero de pigmeos, por eso tiene una sensación de caída, de soledad. Tal vez un optimismo sano y una duda elegante sirva para descubrir la bondad, y la serenidad de lo espontáneo. Tal vez el poeta sea en el fondo un ser descreído que busca la verdad. Renán decía: “Hay que escoger entre la revelación y el determinismo”. Naturalmente, desconfiemos en lo cotidiano de recibir bagatelas oficiales.

Tal vez resulte ingenuo hablar de la naturaleza, del amor a los árboles. ¿Para qué sirve un poema ante tanta imbecilidad y tanta insensatez? ¿Qué significado tiene en nuestros días las palabras cultura, honradez, justicia? Ante la impudicia, la perversidad y la frivolidad de un sistema continúo escribiendo, buscando los signos errantes, los dioses ausentes, los jardines de la niñez. Amigos, sigo estando del lado de los perdedores, de los humildes, de los que dicen no al oprobio, al autoritarismo, al poder. Tal vez resulte ingenuo hablar del sentido vital en este infausto territorio donde la hipocresía y el posmodernismo lo corrompe todo.

Mi padre me dijo un día: "Les dejo a mis hijos una biblioteca y una conducta". A partir de esa idea la trama de los sueños, la morada de los duendes, los designios de la belleza. El descubrir en cada acto el amor, la solidaridad, la búsqueda de la quimera que nos protege y nos margina.
La poesía es el testimonio de un solitario. El poeta procura indagar el sentido de la vida a través de lo que su sociedad le ofrece. Visualiza los fantasmas, los mitos de una época, hasta darles en sus imágenes formas de emblemas. La exaltación del recuerdo, la evocación de la infancia son en última instancia la atmósfera de la desolación. A partir de su propia filosofía ofrecerá una teoría del mundo; tal vez toda su obra no sea otra cosa que la obsesiva insistencia de su angustia.

El poema convoca a la pasión estética. En una sociedad fragmentada en donde todo induce al ritualismo, la impotencia, el sometimiento al aparato coercitivo con sus signos ominosos, la palabra nos trae densidad y reflexión: un bello poema es un mensaje, una botella arrojada al mar. Tiene vida propia, es contestatario. Se "lo siente social como se lo siente mortal". En este sentido su palabra define el desocultamiento de lo existente, la limitación de lo ilimitado, la dimensión de nuestro interior en su totalidad. Incorpora, con Rilke, la representación de lo consciente: "La naturaleza entrega los seres a la aventura de su denso deseo".

El lenguaje del poeta revela no sólo las cosas corpóreas sino las que sueñan, las realidades surgidas de lo inmaterial, como en una pintura de Cézanne. La fervorosa lucidez rescata la sensibilidad y lo intuitivo.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2009

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Taller literario