lunes, 20 de febrero de 2017

El huésped y el olvido

Buenos Aires, 2017.
Editorial Dunken.
Ilustración de Alfredo Plank.
Poesía.



CASIDA DEL ROBLE Y LA PRINCESA
Vuelvo al bosque entre lloviznas.
Toco la orilla de la mar,
la lozana niebla de la espuma.
En este lugar las hadas,
el surco de la noche,
la frente súbitamente bella y encendida.
Atravieso el gozo junto a pájaros
que bordean la hierba.
Las ramas en los labios llaman divinidades.
Fina arenilla de verano asomada.
¿Dónde termina el viaje?
¿En cuál eternidad adentrarse?

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¿QUIÉN ESCUCHÓ ESA VOZ?
Se mezclaban golondrinas
en la inquieta memoria de los ventanales.
Había un texto de Martín Códax,
el tablero de ajedrez que aún espera,
el soneto de Quevedo , una fotografía de Estambul,
un levantarse de la tarde medida
que roza y vuela la urgencia de los labios.
Y un film con Louise Brooks en el altillo.
Se escucha el ocio recogido de las aves
en un bosque de cedros.
O en los manteles con sus vinos solitarios
que parecen regresar en balandras,
con los marineros de las ráfagas y de la fugacidad.
Allí la rosa azul de Novalis,
las caracolas de los pastores,
el desvelo de la madrugada en el dosel.
Ahora nombro a la doncella en el lecho.
Y rodeo la insolencia de sus caderas.

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LUGARES
He caminado las callejuelas de Fez,
su medina, los monótonos olores de las curtiembres.
He dormido en el Hotel Alexandra de Copenhague.
En una taberna de Gijón brindé con camaradas libertarios.
Puedo pensar en Montevideo, puedo hablar de Compostela,
de la nostalgia por Trieste, por Edimburgo.
Puedo sentir chañares, algarrobos, sombras.
Me es imposible no recordar
el puente de San Carlos y el Moldava.
O el Caffe Greco, il Cembalo en la ribera del Tiber.
Desvelado he regresado al Museo del Prado,
al Hermitage, al National Gallery, al Museo de Orsay.
He viajado de noche por el Danubio,
atravesé el desierto de Atacama,
la soledad y el abandono de las malezas sureñas,
el candor y los ponchos en Belén,
la biblioteca de Coimbra, el Cementerio Civil,
el poniente y la luna en Pumamarca,
el riachuelo, un terraplén de Avellaneda, un zorzal.
La soledad perpetrada en los ojos cerrados y pájaros volando.
(La ternura y la fineza de un mimo canadiense
frente al templo de Augusto, en Pula).
Conocí al Marqués de Santillana, a Antígona,
viví la intimidad de Shakespeare, de Pirandello, de Cervantes,
compartí palacios del Renacimiento
junto a Beethoven, a Schubert, a Zbigniew Preisner.
He comprado una pipa en Liubliana
y artesanías bellísimas en Goriza.
He nadado en Cayo Blanco, en el Cantábrico, en Chiloé.
Puedo evocar la ciudad de los toldos rojos,
puedo evocar París, puedo decir Goya, Velázquez.
En sueños caminé una y otra vez
por secretas galerías, por Capri, por Siracusa,
por monasterios donde mis hijos erraban la infancia.
Ahora todo parece ilusorio, misterioso.
Y no comprendo el tiempo ni las voces.


"El descanso del Amor", de Alfredo Plank, es la obra que ilustra la tapa.

El texto de contratapa y un estudio preliminar corresponden a la profesora en Letras Marita Rodríguez-Cazaux.

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