martes, 14 de diciembre de 2010

Calle de la memoria alta

Buenos Aires, 2010.
Centro Cultural y Biblioteca Popular Carlos Sánchez Viamonte.
Plaqueta.
Prosa. Poesía.

Un viaje a Coirós
Hay nombres que llegan de la infancia. Nombres cargados de afecto, de mitos. Palabras que navegan en esa niebla del ensueño, en la niebla de los hijos de la diáspora. Podemos levantar la cabeza y decir verraco vetton. Y es hermoso el término, bella la imaginación, utópico el pronunciar. Pero eso es parte de la inteligencia emocional. En cambio si decimos casi balbuceando, casi como un rezo pagano, si decimos digo, Betanzos, Espenuca o Coirós, hablamos de la infancia, de nuestros padres. Es así como vemos sus manos, sus caricias, sus miradas. Y escuchamos sus voces.

Uno evoca la Escuela de los Inmigrantes de Coirós, la Escuela de los Inmigrantes Fillos de Ois. Uno pronuncia en calma y viene Santa María de Oís. Y el mirador de Espenuca. Y el puente romano. Y un niño labriego con una honda de David buscando sus ovejas. “Manolito, Manolito…” Qué sencillez, uno piensa. Qué cosa simple esta de las palabras, de los sentimientos, de las escrituras mágicas. Regresa la casa, el hogar, el rostro de la abuela. Es entonces cuando recordamos lecturas y mencionamos a los griegos que no creían en el regreso. Ulises no regresaba para quedarse, regresa para volver a zarpar.

Estuve recorriendo Coirós. En silencio, con dos amigos: Manuel Fiaño y Miguel Gayoso. Los iba escuchando en el auto mientras evocaba la playa de Pedrido, el Pazo de Marinán, Fisterra, el faro de Touriñán, Muxía. Llevaba en mi memoria el nombre de “Foucellas”, las cálidas palabras, las inteligentes palabras de Alfredo Erias. Y la presencia de mi hermano menor: Manuel Suárez Suárez. También llevaba en mí la generosidad y el afecto de Alexandre Nerium junto al recuerdo de un cuento maravilloso de Manuel Rivas. Así iba internándome en los senderos de Coirós. Aun faltaba conocer Navalafuente, aun faltaba recorrer Patones. Y Gijón y Oviedo. La emoción poética, les dije a mis compañeros de ruta, genera otra realidad, otra opción. A veces es testimonio, entreteje lo íntimo del ser: su libertad. Los límites de mi lenguaje son los límites del mundo, agregué.

Desde la época de Mendiño, ese juglar renovado y misterioso, la poética gallega tiene el recuerdo del gozo, el deseo y la esperanza de volverlo a gozar. Es así, pensaba en silencio mientras Coirós confrontaba otra imagen, otra guía interior. En estos caminos suelen cristalizarse la melancolía o la saudade de la enamorada. Sentía (no se los confesé en esa oportunidad) una simbiosis del paisaje con el sentimiento. El paisaje no es decoración, es confrontación y compañía. Nos enfrenta y nos habla. El lirismo de ese paisaje gallego es difícilmente superable. Entonces vinieron a mis oídos – al cerrar brevemente los ojos – unos viejos amigos: Martín Codax, Xohan Zorro y el rey Don Denís. La poesía celta, para el poeta Matthew Arnold, pertenece a un mundo pagano y mitológico. Una vez más la magia se halla extendida y los dioses vuelven a mezclarse con los sucesos humanos.

Escucho un lenguaje que parece reinventar siglos, formas de máxima concentración, una conciencia clavada en el devenir del ser. Sé que el carácter mítico no es privativo de un sitio particular. Sé también de la mitología personal, de lo alegórico, de lo metafórico. Al bautizar las cosas nace la ingenuidad, la unicidad del hecho mítico. Vivimos un estado de gracia, de éxtasis; un sentido determinista del destino. Más claro: la visión mítica de la realidad.

Coirós, Espenuca, Betanzos, quieren decir no estar solos. Saber que en esa gente, en esos bosques, en esas piedras, hay algo tuyo. Que son cosas que te esperan. Muchos, la gran mayoría tal vez ni lo imaginen. Pero uno sabe que otra ciudad emerge, otros bosques, otros manantiales. Un tono intransferible que persiste. Tal vez tenga relación con la diáspora, con la pérdida, con el exilio, esa alianza entre el silencio y la palabra. Tal vez esa situación hipnótica que sentimos tiene relación con la búsqueda de nuestras raíces. Quizá de allí el desarraigo, la melancolía; un hijo perdido entre el despertar del tu y del yo.

Sé que ya nadie puede desoír lo que la experiencia onírica convoca: el poema se forja de adentro hacia fuera. Y para que el poema alcance condición de tal tuvo que haber dicho una verdad muy honda y personal. La palabra, a veces, es una mirada perdida, infinitamente cansada. Una mirada que siente la fugacidad pero al mismo tiempo la rebeldía. La decisión de poetizar es lejana e incomprensible. Visiones, atmósferas, imágenes, fragmentos.

¿Qué se le muestra de un lugar a un extranjero?, me pregunto. Ahora viajo Coirós desde el sillón de madera de mi escritorio. La voz recuerda no precisamente el olvido, sino lo que hemos elegido olvidar. Estos nombres los llevaré conmigo hasta el fin de mis días. Son los secretos de la infancia, los rostros de mis padres, de mis tíos, de mis hermanos. La fotografía del abuelo Pedro y la del abuelo Tomás. Y los barcos, las cartas, las cerillas. El poeta siente el peso de las almas, escribió Víctor Hugo.

Carlos Penelas
Buenos Aires, noviembre 9 de 2010

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Calle de la flor alta

I

Una sombra del amor existe
en lo más secreto de vos, deseada.
O en mi corazón, no lo sé.
Como una aldea luminosa
en el centro de una línea de agua.

II

Los príncipes solitarios
son estos niños que mueven
la delicadeza del aire y del cencerro.
Un sueño medieval,
una infancia que insinúa belleza.

III

La luz de esta catedral
roza la piedad derruida del campanario.
Las cigüeñas recogen las sombras
de la niebla. Del amor que en ti existe
siento un halo. Y el mar, el mar…

Carlos Penelas

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