lunes, 19 de julio de 2010

Presentación de "Antología personal"

El viernes 16 de julio se presentó Antología personal en el salón de Editorial Dunken. Habló sobre el libro Rubén Derlis, y Juan Carlos Puppo leyó algunos poemas de Carlos Penelas.

En un acto cálido, a pesar de la ola polar que avanzaba sobre Buenos Aires, el salón de la Editorial Dunken estuvo lleno de gente para participar de la presentación de Antología personal, el libro que conmemora las cuatro décadas de Carlos Penelas con la poesía.

Rubén Derlis comenzó hablando sobre la obra de Penelas, su relación a través de los años y el afecto mutuo que los une con las letras. Amistad, anécdotas y litratura fueron parte de su intervención.

El actor Juan Carlos Puppo le puso su voz tan característica a los poemas, que se fueron intercalando entre las palabras de Derlis y Penelas, además de abrir y cerrar el encuentro.

El autor, último en hablar, rindió homenaje a sus maestros, y a quienes lo apoyaron y compartieron momentos a lo largo de su carrera.

Entre los presentes estuvieron los artistas plásticos que ilustraron trabajos de Penelas como Ponciano Cárdenas y Carlos Scannapieco, además de Juan Manuel Sánchez, responsable de la tapa del libro.

Escritores, músicos, actores y otras personalidades de la cultura compartieron la noche junto a amigos, periodistas, alumnos de los talleres literarios y seguidores de la trayectoria literaria de Carlos Penelas.

Palabras de Rubén Derlis
Un camino de vida que viene jalonado con casi treinta libros de poemas y otros tantos de prosas –poéticas, ensayísticas y periodísticas– es el que lleva recorrido Carlos Penelas desde aquel 1970, que los sesentistas atesoramos y sentimos tan cerca aunque queden tan lejos, o acaso ya ni queden, cuando dio a conocer sus Poemas del amor sin muros, un puñado de versos ilustrados con grabados de Carlos Carmona, en pliegos sueltos -en rama, para hablar con más precisión- y encarpetados, que le editamos en las Ediciones del Alto Sol, una de las tantas aventuras de la tinta, el fervor y la poesía -tríada con la que nutríamos nuestra juventud- y echábamos a volar desde Buenos Aires hasta donde fuera capaz de llegar.

Dos años después nos acompañó en libros colectivos, a los que éramos tan afectos y que tanto placer nos daba editar, pues posibilitaba la interrelación entre poetas de distintas regiones del país, a la vez que liberaba una fluida corriente de estímulos que llevaba hacia objetivos comunes, que hacía este intercambio sumamente provechoso. En dos de estos libros conjuntos, como también le llamábamos, intervino Penelas: Poemario 72 y Del amor en la ciudad, publicaciones que se financiaban con el aporte pecuniario de todos sus integrantes en parte proporcional.

Hasta aquí la relación Penelas-Alto Sol. A partir de Palabra en testimonio que toma cuerpo de imprenta en 1973, comienza su relación con otras editoriales, siempre con viento a favor. Y anoto “viento a favor”, porque desde entonces nuestro poeta no paga un solo peso para editar sus libros. Hecho importante de destacar pues no pocos se lo han preguntado, desde portaliras de diversas capillas a fatigarrimas de variadas tendencias. Si es un secreto, sólo el autor podría develarlo; pero como aquí se trata de aproximarme para dar en el clavo, comienzo por tener en cuenta el valor intrínseco de su obra, forjada como se señala en la contratapa, “en una experiencia que desde su infancia fue descubriendo el mundo a partir de la mirada de una nostálgica memoria que necesita referencias éticas”; a lo que agrego: y desde aquí hasta el momento presente, sin bajar la guardia, siempre atento a cuanto acontece a su alrededor, guardando fidelidad a aquella ética que guió sus pasos, y aún los guía, como hombre y como poeta, en unidad indisoluble. Si esto nos queda claro, habría que pensar entonces que no existe misterio alguno a develar acerca de por qué tuvo editores y no pagó de su bolsillo infolio alguno desde entonces: sino que nos hallamos frente a una obra meritoria, y que hay algunos editores que se arriesgan a la poesía porque saben ver más allá de la moneda invertida en líneas desparejas. Creo que la cosa pasa por allí, lejos de cualquier misterio.

Ya se dice bastante en la contratapa de esta Antología personal de la poética de Penelas; en varios trabajos críticos se ha hablado de su obra más de una vez, en el país y en el extranjero. ¿Qué más? Soy de opinión que a la poesía hay que leerla y luego sentirla o vibrarla, según su receptor, más que teorizar sobre ella o acerca de sus vestiduras. Acaso porque concuerdo con León Felipe cuando dice: “Pero, ¿qué están hablando esos poetas ahí de la palabra? / Siempre en discusiones de modisto: / que si desceñida o apretada… / que si la túnica o que si la casaca…/ La palabra es un ladrillo. ¿Me oísteis? ¿Me ha oído usted, señor Arcipreste? / Un ladrillo. El ladrillo para levantar la torre… y la torre tiene que ser alta, alta, alta… / hasta que no pueda ser más alta. / Hasta que llegue a la última cornisa / de la última ventana / del último sol / y no pueda ser más alta. / Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo, / el último ladrillo… la última palabra, / para tirársela a dios, / con la fuerza de la blasfemia o la plegaria… / y romperle la frente… A ver si dentro de su cráneo / está la luz… o está la nada”.

Y creo coincidir con Penelas en esta apreciación leonfelipiana, aunque ambos no tengamos un dios a quien arrojarle la bestial pedrada dada nuestra condición de reos confesos y convictos por ateísmo.

Entonces, como creo, hay que conmoverse más con lo que trasmite la poesía, en vez de meterse en las entretelas que la arman, a veces con tan variadas fiorituras que más que adornarla la afean con espejitos de colores y chafalonía. Y esto viene a cuento porque la poesía de Carlos Penelas obra sensu contrario a lo que acabo de decir. Esta Antología lo demuestra. Nada más que abrirla y meterse en ella para navegar su mundo lírico y comprometido, que una cosa no excluye la otra, aunque esta palabrita para algunos pasó de moda y a otros les sienta mal. Pero cuando ambas cosas van juntas y en un todo equilibradas, la que gana es la poesía.

Y finalmente una hoja A4 más para referirme al amigo Carlos Penelas a instantáneas de flash, en rápidas secuencias de sentimientos puestos en palabras como si fuera un video-clip sin música ni imágenes:

Carlos, el de los sábados por la mañana en el café Margot, donde junto a otros compinches nos reúne la mesa grande de Baires Popular, para hablar de política, literatura, fútbol o lo que cuadre, y donde cada uno trata de arreglar el mundo como puede y a su manera, mientras se trabaja en distintos quehaceres –uno de ellos la edición de pequeños libros de divulgación cultural– y donde Penelas lleva publicados –cuándo no– varios títulos de su autoría.

El que estuvo en el 82 en la inauguración del café La Poesía de Chile y Bolívar y quedó en una foto –todavía en blanco y negro– junto al poeta Luis Alberto Quesada en noche memorable de magia santelmina.

El que integró de manera activa en la década del 80 el Grupo de los 7 e intervino en sus debates, recitales y publicaciones con empuje y amplio espíritu de colaboración.

El que puede mostrar un sinnúmero de poemas ilustrados con Ricardo Carpani, Carlos Scannapieco y Demetrio Urruchúa entre tantos otro plásticos de renombre, hasta que en algún momento conoce a Juan Manuel Sánchez –otro Espartaco– y juntos se dan en palabras y colores, desde hace años, pero después de preguntarme si no me molestaba que colaborara con él, habida cuenta que Sánchez venía haciéndolo conmigo desde los 60. Vaya gesto.

El que cuando sucede el trágico final del doctor René Favaloro, renuncia a su cargo de jefe de relaciones públicas y subdirector de las ediciones científicas de la clínica que éste presidía, en un gesto ennoblecedor y que pone una vez más en relieve los alcances de su ética, aún sabedor, pero restándole importancia, que quedaba con una mano atrás y otra adelante y que volvía a la calle a buscar el pan diario para él y su familia.

Al que poco tiempo después, durante la gestión De la Rúa, le ofrecen la dirección de asesoramiento de prensa de la Casa de Gobierno, y muy suelto de cuerpo contesta que su padre le había dejado una biblioteca y una conducta, que la biblioteca la tenía y que la conducta la seguía edificando: además, agregó como digno colofón, que por si no lo sabían, era autor de “Los gallegos anarquistas en la Argentina”, razón suficiente como para demostrar por qué no podía trabajar, ni aun ad honorem, en ninguna casa de gobierno, ni de este país ni de ningún otro.

El que todavía no duda de consultar con amigos poetas que sabe criteriosos, algunas dudas que le suscitan ciertas palabras que le parecen inadecuadas o que abundan, cuando de cerrar un poema se trata. Y su oído presta atención al consultado. Esto, como mínimo, debe tomarse como humildad poética.

En fin, el mismo que da un taller literario donde ningún asistente pierde tiempo, porque está concebido como escuela de escritores y no como simple lugar de hobby o pasatiempo, pues tiene claro que la palabra no es juego arbitrario sino fuego vivo, y donde no alcanza con pagar lo estipulado para ocupar una silla alrededor de su mesa si se carece de verdadera vocación.

Y vaya una breve anécdota que seguramente Carlos haya olvidado o ya no recuerde: Nos conocimos hace ya cuarenta años; fue en su casa cerca de la plaza Rodríguez Peña. Al irme me acompañó hasta mi Renault 4. Nos quedamos charlando un rato más, pero detenidos frente a la puerta de un imponente auto importado que estaba estacionado delante de la humilde Renoleta. Hasta ese momento él no sabía que yo tenía coche. Mientras busco la llave, me mira con cierto estupor, pues supone que estoy junto al mío. Doy unos pasos hacia atrás, voy hacia el 4L y abro. Cuando me siento al volante, se acerca a la ventanilla y me dice: “Pensé que era el otro. Menos mal, sino no te daba más bola”. Saquen ustedes sus conclusiones, ya que hasta ahora no hemos hablado de ideología.

Con cada uno de estos ítems se podría elaborar una extensa y ejemplificadora biografía no autorizada que a él mismo asombraría, poeta cabal, solidario y amigo de sus amigos.

Tal es el hombre cuyo libro hoy presentamos.

Muchas gracias.

Rubén Derlis

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