domingo, 10 de abril de 2016

Papeles al viento

No me preocupa. No me preocupa la gente avara. Ni la gente avara o rencorosa. Ni la otra; la mezquina, la opaca, la mediocre. Ni la superficialidad de una mujer sin gusto ni el mal gusto del marido que parece haber salido de una velada necrológica. Ni los escritores anquilosados y un poco embrutecidos por el alcohol. Ni las palabras vacías de las presentadoras ni los empresarios que se creen definitivos. No me preocupan. En el fondo son pobres engranajes del sistema zoológico perdidos en un impulso sentimental de la naturaleza. Que Dios los coja en su gloria.

Sabemos, desde la juventud, que los griegos no necesitaban envidiar al que era mejor. Por lo general intentaban emularlo, pretendían participar de la belleza. Ahora muchos seres tienden al activismo, a las carreras por el poder, por un premio dado en un café literario del suburbio. No conocen la contemplación ni vislumbran la amenaza del futuro. Los avances no están al alcance de todos. La inteligencia artificial, la robotización, la progresiva sustitución de la mano de obra. Y la prolongación de la vida en una sociedad cada vez más compleja, indiferente a veces, corrupta desde los comienzos de la historia. No son temas menores, no lo son.

Un ejemplo que daba Flaubert siempre me hizo sonreír. Existió un tal Thompson que grabó su nombre en grandes letras en la columna de Pompeya, en Alejandría, con el fin de obtener la inmortalidad incorporándose al monumento. Ese deseo de protagonismo es del cual se mofaba Flaubert. De allí pasamos al criterio que sostenía Leonardo Sciascia al hablar del cretino, una categoría superior al idiota. Un día el gran siciliano confesó: “Es la estupidez de veinticuatro quilates. Lo estúpido sólo es de dieciocho. Un cretino es un cretino, dos cretinos son dos cretinos, diez mil cretinos una fuerza histórica”.

Lucrecio, a quien recomiendo leer de cuando en cuando, escribió en torno a las religiones – que fomentan el odio y el oscurantismo para controlar la conducta del hombre – escribió que “un religioso terror está enraizado en los hombres, que les hace levantar por todo el orbe de la tierra nuevos santuarios a los dioses”. Deberíamos ver, sentir, que la voz de Lucrecio nos advierte de lo cotidiano, de lo social, de lo político, de los ministros terrenales y celestiales. Deberíamos leer la historia de los papas y la historia de los anti-papas, la de Juan XII (el papa fornicario), el cinismo de Inocencio II que ordenó la matanza de miles de cátaros, los burdeles apostólicos junto a las catedrales conmovedoras. Y así, estamos amigo lector, rodeados de imbéciles, cretinos e idiotas. De dictadores revolucionarios, de demagogos, de miserables que hablan de libertad y patria. Y nosotros, que seguimos leyendo al Arcipreste y amando la belleza que el hombre nos entrega en forma de sueño, de utopía y redención.

Lo que me sorprende es el desprecio de la gran mayoría hacia la bondad, hacia las virtudes contemplativas. De eso nos habló en más de una oportunidad uno de los grandes directores de todos los tiempos: Luis Buñuel. También lo afirmaron otros directores como Visconti, Fellini, Bergman o Ford. No ven la grandeza de lo pequeño ni saben admirarla. Hay otro mundo que jamás podrán ver estos señores de rituales ceremoniosos o dionisíacos como en las estrellas del rock, el dopaje en el deporte o el escote de una prostituta que llegó al palco de honor. Mi padre solía hablar de la gente incivil. Hasta muy pronto, querido lector. Sé que usted me acompaña. Y eso me emociona.

Carlos Penelas
Buenos Aires, abril de 2016

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