lunes, 21 de diciembre de 2009

Cuentos de Navidad

Gracias a Dios, querido lector, hay temas que nos unen. No dudamos, por ejemplo, de la seriedad y el sacrificio que realizan nuestros legisladores. No dudamos, gracias a Dios, de sus gestos patrióticos, sus esfuerzos, sus gustos por determinadas cenas y banquetes. A veces, es verdad, parecen pagados de sí mismos. Al votar nos da una cosa que parecería que no tuvieran escrúpulos ni vergüenza. Al verlos escurridizos en ciertos restaurantes reservados, encorbatados, con zapatos finos y miradas lúcidas llegamos a desconfiar. Pero son instantes, sólo instantes. Gracias a Dios están ellos y no los militares, los curas, los empresarios, los grandes trust internacionales, el lavado de dinero, el Pentágono o los sucesores del estalinismo. Ellos pueden controlar a la policía, el comercio en negro, el lavado de la droga y los negociados de los otros empresarios; los sindicalistas, digo. Gracias a Dios todo está en orden. Los populistas siguen siendo populistas, los profesores de historia desconocen Historia, nombramos la Carta del Lavoro y nadie sabe de qué estamos hablando. El salario de los jueces, el de los fiscales y el de los gobernadores. Las escuelas, las huelgas, los hospitales, el hambre, la desocupación, las mafias, los cuarteles, la publicidad, el paco, los ministerios, las señoras legisladoras peripuestas y pavoneándose como quinceañeras, los intelectuales de televisión, los periodistas de política internacional, los jugadores de fútbol y las botineras… en fin todo marcha como Dios manda.

Y hablando de Dios debo confesar una gran alegría. Deseo compartirla con usted, querido lector. (Permítame llamarlo, al menos una vez, amigo). Días pasados entré a una iglesia y luego de ver sus íconos, la simbología en retablos y paredes, advierto al retirame una columna de mármol, de un metro cincuenta aproximadamente. Y una inscripción: “Descansamos hasta el día de la Resurrección ”. Un jarrón con flores en su superficie y dos jarrones con otras flores al pie. Intenté buscar algún sacerdote o sacristán pero no los encontré. “Estarán haciendo la siesta o meditante”, pensé. “Tal vez estudiando sánscrito o alguna versión de Horacio en latín”. Al salir me dirijo a la secretaría y pregunto a un joven qué significaba esa columna. Muy amablemente me explica que es un ceniciario , que hace un año que está en algunas iglesias. “No en todas”. Que el sacerdote las tira o las deposita o las guarda -no recuerdo el término que empleó- y le dan un certificado. Es serio, que duda cabe. Un cementerio privado pero al cuidado directo, personalizado, explicaría una joven vendedora. Me comenta con suma cordialidad que rezan una vez al mes por aquellas almas o restos de huesos a la espera del día del Juicio Final. Le pregunto si puedo traer las cenizas de mi familia. (Pienso en mis padres y en mis abuelos, tal vez me hagan precio. También me pregunto dónde diablos estarán.) El joven me responde que sí, que puedo llevar a mis seres queridos. Respiro profundamente y estoy en paz. Me siento mejor, mas tranquilo. No se explicarlo pero usted casi seguro siente lo mismo. ¿O no?

Gracias a Dios la servidumbre involuntaria tiene sus consignas y sus estrategias. El pueblo no es idiota, los hombres no son idiotas, las mujeres tampoco. Quieren que se les engañen, necesitan que se les engañen. Vivir de otra manera sería espantoso. Pero ese líder o militar o profeta debe ser más inteligente que ellos, más malvado, más ruin. Así, groseramente. De lo contrario se descubre la mentira. Todo esta deformado: el saqueo, el paisaje urbano, el temor estigmatizado de ser tildado de reaccionario. El pueblo es incrédulo, es astuto, es indiferente. Y no lo digo por demagogia, que quede claro. Pregunténle a Ionesco o a Pirandello si lo que señalo le parece torpe.

El problema del burgués y el lumpen es que se conozca, que sepa de su estupidez, de su falta de valor, de su vitalidad corrupta y egoísta. Eso no lo debe saber nunca. El otro es el corrupto, el subversivo, el avaro o el cornudo. El otro, yo no. El individuo aspira a la moral y es básicamente inmoral. Por eso los políticos tienen aire de cinismo y de arbitrariedad. Como los profesionales, los comerciantes o los ladrones. O los directores de cementerios o de las academias de peluqueros. Se sienten felices cuando cocinan a fuego lento su felicidad, cuando le planifican vacaciones, jubilación, enfermedades, hoteles, cementerios: las normas a seguir en una sociedad pornográfica. (Todo no es así, Penelas, todo no es así. Parece que usted no quiere ver otras cosas.) Sí que veo seres que se sacrifican, que luchan por un mundo mejor, que dan todo para la humanidad y para el otro. No son tantos, no son tantos. Bueno, déjeme hablar desde lo emocional, como Danton. En el fondo creo que nadie en el mundo se hace muchas ilusiones respecto a la sustancia política de las elecciones ni a los Premios Nóbel de la Paz o de Literatura. La humillación simbólica tiene lo suyo. Las conquistas sociales parecen ser fases de una neutralización que no cesa. De ahí el delirio de muchas respuestas de izquierda y el acartonamiento de la socialdemocracia. El resto ya sabemos de qué se trata. ¿Vale la pena discutirlo?

Gracias a Dios he releído La presa de Kenzaburo Oé. A propósito ¿conoce el mundo deshumanizado y desprovisto de verdadero afecto que propuso el dramaturgo Joe Orton? Ávido lector, recuerdo siempre la cita de Dante: “todos los hombres por naturaleza, desean saber”.

Carlos Penelas
Buenos Aires, diciembre de 2009

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