domingo, 5 de junio de 2016

Delfos

En mi infancia venían familias y amigos a cenar. La vida estaba en el latir del corazón. No existía el tedio; el reloj de pared una cadencia de la memoria. Ahora llegan mis preguntas, las respuestas tardías. Es cuando debo comprender mi oficio, la piedad de los días. Es cuando sabemos que la inocencia crece en espacios sin puertas, en la gravedad del sueño, en el alba que lanza su sombra entre los pájaros.

Foto: Edward Steichen

(En mi infancia venían familias y amigos a cenar. Amigos de mis padres o de mis hermanos. Llegaban los Thibault, la familia de Pascual Duarte, Victoria de los Ángeles, el príncipe Kropotkin, Axel Munthe, los hermanos Karamazov, Beniamino Gigli, Pettoruti…

Llegaban en las noches abiertas, en la luna nocturna del invierno. A veces hablaban de los partisanos o de Auschwitz, de ciudades lejanas, de Breogán.

También hablaron de Boneco, del Ferrocarril del Sud, de Crucecita. Eran voces que unían al mundo y más allá de este mundo; había proletarios y malvados. Alegraban la soledad, la cosmogonía del alfil, el temor y el encanto en círculos de luz).

Ahora enciendo aquellas plenitudes, la arrebatada música, el sosiego profundo, la ira, la mansedumbre incierta de las velas. La barca, los faroles, la espuma en la voz órfica del viento.

Es inescrutable el alba en ese antiguo olor de la cocina; un universo profético que roza la eternidad. Como al acróbata en el trapecio un peligro invisible nos convoca.

Carlos Penelas
Junio de 2016

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