jueves, 23 de junio de 2016

El extraño caso del tío envenenado

El exceso es un veneno de la razón.
Quevedo

Hace dos meses, aproximadamente, un amigo (que no es un sicofante) me comentó en El gato negro -el único café que sobrevive con estilo en esta ciudad maltratada por vendedores ambulantes, desocupados, lúmpenes, borrachos, piquetes, prostitutas, rufianes y manifestaciones surrealistas- que el tío había sido envenenado. “Lo quiso matar la mujer, me dice sonriendo. Imagínate que clase de tipo es.” La historia es conocida entre los conocidos que la conocen. No tiene sentido dar más datos, por supuesto los tengo. Y prolijamente anotados; no como las facturas de teléfono, de luz o de gas. No, no lo quiso matar con gas.

El tío desconoce al inspector Maigret y en su puñetera vida escuchó mencionar a D.J. Marlowe, el autor de El nombre del juego es muerte. Creo que la ignorancia del tío – como la de doña Pata – no tiene límite. Sus sobrinos (epígonos defectuosos) son parte del reflujo y de la sacristía. Ignora quién fue Alejandro VI (Papa Borgia), Claudio, Sócrates o Séneca. Ignora las propiedades alucinógenas, la ponzoña, la cicuta, la amanitas phalloides, el arséncio, el cloruro de potasio o las setas. La fineza, la delicadeza lejos de su ex mujer, la Vaca o la Potranca Estreñida según Daisy... Tal para cual, según el comentario de mi amigo que lo conoció en la intimidad. Bueno, es una forma de decir. No pasaba del veneno para ratas. Y barato. “Son brutos, Carloncho, gente con peculio pero brutos. Además son resentidos, egoístas, celosos, desconfiados. Y rápidos para la estafa, para los negociados. Viven tramando inquinas.”

Usted recordará, caro lector, que me pidió conocer ésta historia. Fue a partir del artículo que escribí sobre el tío y sus sobrinos. En verdad el tío (cara de pato, voz de pato, camina como pato) es un hombre que le fascina contar sus dramas. A él como a la pata les encantan victimizarse. Son felices hablando de la infelicidad, del dolor, del drama, de operaciones, de hospitales. Y del dinero, de cómo sufrió ganando dinero. Tiene fortuna mal habida -ya lo dijimos- es avaro, feo, ruin, calculador, impiadoso, oportunista, eficaz en el comercio. Pero le gusta hablar de sus desgracias. Y al poco tiempo de conocer a alguien le cuenta la historia de su envenenamiento, de los abogados, de las traiciones, de la soledad, de su fortuna, de sus departamentos, de sus garajes, de sus salchichas con puré, de su bondad, de sus placas de bronce. Con orgullo, sin sonrojarse, nombra banqueros amigos, dictadores amigos, bellacos amigos, intendentes amigos, curas amigos. Y aparece Daisy, la pata. Y habla y habla y habla, hasta el cansancio. La pata sabe todo de todo. Y ella cuenta palabra por palabra como son los hechos. Disfrutan, nombran gente que no conoce nadie y disfrutan. A veces se ponen serios y sonríen y se tocan las manitos con ternura. Y se roban el edulcorante de la mesa.

Para el tío su ex mujer fue una especie de Irma Grese, Katherine Knight, Elizabeth Bathory y Mary Ann Cotten. Todas juntas. Según un amigo de mi amigo – lo encontramos una mañana mientras caminábamos fumando una pipa por Puente Alsina – la mujer estaba harta de su mezquindad, del monedero que le dejaba en la cocina para las compras de la semana, su patológica sed por los morlacos, por el pan recalentado y la pizza que comía con gaseosas abiertas y vueltas a cargar con soda. Las rapaces hijas también. Entonces decidieron envenenarlo. Compraron en la ferretería de la vuelta de la casa un paquete de un kilo de Bromadiolone. Y otro de dos kilos de Rodilón. Mezcla que te mezcla, hicieron hervir la olla con detergente y un poco de chorizo colorado, dos cucharones de harina, cebollitas de verdeo, un morrón rojo, queso fresco, dulce de leche, le agregaron lavandina y cebollas, una pizca de sal gruesa, un poco de vino blanco, un vaso de agua oxigenada, tres hojas de castaño enano, una rama de sasafrás, cinco cabezas de ajo y dos limones sin pelar. Pusieron una banana y exclamaron: “A tomar por culo”. Hicieron hervir el potaje durante una noche de luna llena. Se cortaron las uñas de la mano izquierda, se pintaron el pezón derecho de rojo, dejaron las bombachas colgadas de las canillas del baño. Las tres hijas (dos fueron de otro hombre, un tabernero ebrio y marginal) y la madre cocinaron con imaginación. Con el resto – se consumió mucho – hicieron café, cuatro empanadas, una masa para faina, cinco galletitas y una tarta de membrillo.

A los dos días – un sábado de lluvias- sirvieron la mesa, pusieron un mantel de hule con florcitas, una fotografía de un negocio de rulemanes, se peinaron como para ir a un cumpleaños de quince, cantaron una vieja canción cordobesa que escucharon por la televisión, se levantaron las faldas y se miraron al espejo. Sonriendo, le sirvieron el manjar al tío en fuentes de plástico y cubiertos que roba en los aviones. El tío, irritado, preguntó: “¿Cuánto costó esta cena, son locas o qué? Me lo voy a comer todo”. La familia aprobó. La esposa -amante y fiel compañera- se quedó mirando como comía el tío, con qué apetito, con qué ganas, con qué felicidad. La voracidad y la gula le ganaban. Luego eructó bajito, se puso el pijama de casamiento y se acostó en su cama de pato. Durmió como un lirón. Las hijas y la madre fueron a la caja fuerte para sacar papeles, comprobantes, dólares, euros, monedas de oro, tarjetas de crédito, facturas, recibos desde 1932 hasta la fecha... Pero el viejo Patilludo lo había escondido en el fondo de un terrenito que compró clandestinamente en Dock Sud, al lado de un gallinero, frente a un terraplén donde duermen cirujas. En bolsas de residuos y papeles de diarios guardaba todo. Hacía pozos y guardaba las bolsas del consorcio con rupias, fotos y comprobantes. El ingeniero y el hombre de camisa blanca lo habían ayudado.

Luego vinieron los juicios, los abogados, la pata Daisy, los sobrinos, la venta de departamentos. Lavó todo dentro de la ley. El tío es inmortal, como Uncle Sam. El tío - me acaba de decir por teléfono mi amigo - es un ser despreciable. Me hablaba desde La Coruña, a punto de viajar a Londres. Mi amigo nunca lo quiso.

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2016

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