miércoles, 17 de febrero de 2016

Cajón de sastre

La sátira es el arma más eficaz contra el poder: el poder no soporta el humor, 
ni siquiera los gobernantes que se llaman democráticos, 
porque la risa libera al hombre de sus miedos.
Darío Fo 
 

Estimado lector, debo contarle que éste es el último artículo que publico… por ahora. En marzo viajo invitado a Galicia a presentar mi libro y dictar algunas conferencias. Le reitero por las dudas: el libro en prosa, una escritura lírica – relata la mirada de un niño hijo de gallegos, el exilio de sus padres, la mirada de la inocencia y el ensueño de esa familia en el sentir rioplatense - se titula La luna en el candil de la memoria. Estaré en Santiago de Compostela, Betanzos de los Caballeros. Luego tengo una presentación y conferencia en Gijón. De allí iré a caminar un poco por San Sebastián y más tarde Madrid. Esto gracias al empuje y apoyo desinteresado de empresarios gallegos radicados en Argentina y al Centro Betanzos de Buenos Aires. Al regresar ya estaré -para participar en mesas redondas y conferencias- en la Feria del Libro de Buenos Aires, éste año dedicado a Santiago de Compostela. Como nos dijo una vez al oído el amigo Henry Miller: “nuestro destino nunca es un lugar, sino la nueva forma de ver las cosas”.

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Nuestros pueblos llevan un chovinismo que nos da escalofrío. Masas de seres ciegos, sordos, necios y patrioteros. Primero viene el cinismo con el tema de la igualdad y la lucha contra la oligarquía (¿quién va a decir que no desea combatir la pobreza, el oprobio del analfabetismo, las injusticias sociales?), luego viene la burocracia con el pensamiento único, luego la corrupción. Con la corrupción se elimina la política. Y se crean mitos, relatos, falsedades, escenografías lamentables. Imaginan la bandera como símbolo de una patria o nación, un himno como algo que nos unifica y nos hace sensatos, justos, inmortales. Y un equipo de fútbol donde lo circular rompe categorías, clases sociales, autoridad moral. El mundo hipócrita continúa con sus bombos y platillos. Estimado lector, no soy un poeta de la devastación. En verdad, debo confesarlo, no sé quiénes son mis lectores. Espero que tengan el espíritu abierto y puedan comprender. Además, pueden dejar de leerme. No se me mueve un pelo.

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La teología era para Borges lo más fascinante de la literatura fantástica. La particularidad de su poética está en haber interpretado el arte como continuidad y superación, más que como ruptura con la tradición. El poeta aspira a un arte intemporal desde una visión metafórica de su existencia. Su lírica significa un renovado lenguaje de condensación. Sus raíces son parte de la tradición de la poesía metafísica. Y fundamenta, a su vez, una ética no dogmática. En su temática encontramos los antepasados, la patria, la memoria y el olvido, el ejercicio de la literatura. La soledad y la muerte.
La literatura argentina cuenta, después de Sarmiento, con escritores que tuvieron fama internacional: Lugones, Sábato, Cortázar y Borges. Y otros que formaron la frondosidad de la literatura nacional como Molinari, Franco, Mujica Láinez, Marechal, Martínez Estrada o Quiroga. Divergencias y convergencias, sin duda, pero estamos intentando hacer una lectura estilística. La estética de Borges es la de un creador de metáforas. Enfatiza la metáfora como núcleo del lenguaje literario.

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Mi padre, de niño, me hablaba de seres únicos. Uno de ellos era Jean Moulin. Moulin – lo supe en mi primera juventud - se convirtió en el resistente más célebre y el más aclamado de Francia. Jean-Pierre Azema dice en su biografía, que “es el único del que prácticamente todos los franceses conocen su nombre y su cara, en particular, gracias a su célebre foto en blanco y negro, con la bufanda y el sombrero a riesgo de hacer olvidar a otros grandes organizadores del ejército secreto, y de relegar a las sombras a otros mártires heroicos de la lucha clandestina”... Jean Moulin: símbolo y rostro de la Resistencia francesa. Un hombre a quien no podemos olvidar. Créame, amigo lector, lloro de emoción al escuchar la voz de Ives Montand cuando canta Chant des partisans o Bella Ciao.

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Enquistados en la negación al cambio o a la mentira, manteniéndose en el poder - ficticio e ignorante - se busca prolongar indefinidamente lo enquistado, es decir, una postura falsa y retrógrada. Es la intolerancia cultural en sus aspectos más amplios. Aquellos que no responden al supuesto modelo en boga son ignorados y hasta mantenidos fuera del circuito. Se determina como mejor a aquel que ocupa un espacio mediático o gira en torno a la construcción de un personaje que abre, paradójicamente, un espacio mediático.

En el fondo tiene una carga de ironía y de grosería visible. Pero, como el público está cada vez más condicionado el desconocimiento es insolente. Sin duda nada de lo expuesto es alentador, basta leer los diarios del mundo. Alguien, con desvergüenza, dirá que siempre fue así. Si le agregamos la demencia de las relaciones afectivas, sus contradicciones y la sutileza del engaño cotidiano el cuadro se nos presenta casi completo. La lectura de los clásicos, reitero, nos enseña a ver. Leamos a los buenos autores, lo repito hasta el cansancio. ¿Me escuchó o se niega a entender?

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Anoche he vuelvo a ver el film El hombre de la máscara de hierro, está vez en la versión de Randall Wallace. He regresado a mi infancia por dos horas, a escuchar la voz de mi padre cuando me hablaba de El vizconde de Bragelonne de Alejandro Dumas. Una vez más los nombres de D´Artagnan, Athos, Porthos y Aramis recorriendo los cuartos y las bibliotecas de mi casa. Otra vez la evocación del afecto y la literatura.

Voltaire fue fundamental en relatar la misteriosa vida de este personaje, quien -estando en la Bastilla en calidad de reo- recibió narraciones de presos más antiguos que mencionaban su existencia. Según la leyenda el personaje murió en 1703 y fue enterrado en París con el seudónimo de Marchiali. Su verdadero nombre y las razones por las cuales había sido encerrado eran considerados secreto de Estado.

Dumas en su novela cuenta que el «hombre de la máscara de hierro» probablemente era un hermano gemelo de Luis XIV, que disputaría su derecho al trono; a lo que le añadió la imaginación popular al asunto.

Existen diversas versiones. Todas, en general, coinciden en que habría sido alimentado por un sordomudo. Tenía prohibido el contacto con el personal de la prisión y debía tener puesta la máscara todo el tiempo. Es bello evocar leyendas, mosqueteros y mujeres con amantes.

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Hace unos días surgió un tour en Londres. Se trata de un ómnibus turístico organizado por opositores al señor Putin donde muestra las mansiones de los burócratas que crecieron al calor, y a la sombra, de la corrupción. Se la conoce como el tour de la cleptocracia. Bueno, lector, abróchese el cinturón. Primero: uno de estos caballeros tiene la segunda vivienda más grande de Londres después del palacio de Buckingham. Segundo: uno de los departamentos pertenece al actual vice premier ruso que lo compró en 2014 por 14,6 millones de euros. Querido lector, abróchese el cinturón.

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Hace unos días el Dr. Carlos Besanson, periodista amigo, escribió en la editorial de su semanario sobre la incoherencia y contradicciones inmanejables de una sociedad corrupta, casi prostibularia. Para ello nos lleva a la mitología porteña de aquel concepto de “tirar la chancleta”. A principios del siglo XX, nos cuenta, en los prostíbulos de los precarios conventillos, los clientes esperaban su turno en un patio mientras bebían o jugaban a las cartas. Las trabajadoras atendían rápidamente a sus clientes en una suerte de altillo que daba a los patios o salas. Terminada la tarea, el hombre por lo general salía por otro sitio y la mujer convocaba al siguiente candidato tirando una de sus chancletas al grupo en espera. El interesado en la dama recogía la chancleta y la llevaba a la habitación. Luego llegaron otras versiones de “tirar la chancleta” o “recoger la chancleta”, pero el origen es éste. Usted me entiende, libertino lector, usted me entiende.

Ahora un abrazo, por su paciencia. En este preciso momento comenzaré a preparar la maleta. A la vuelta nos seguimos viendo. Le deseo lo mejor. Y no me extrañe, le pido que no me extrañe. Zugzwang.

Carlos Penelas
Buenos Aires, febrero de 2016

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