domingo, 12 de abril de 2015

Evocación de Luis Franco

Las nuevas generaciones tienen el deber de leer, estudiar y descubrir a uno de nuestros mayores prosistas (desde Sarmiento hasta Luis Franco), a un poeta total –insurrecto, lúcido, sensible– que con su vida dio un ejemplo de conducta humana para los que vendrán tanto como para quienes tuvimos la emoción y el compromiso de compartir su intimidad.


Si por poesía revolucionaria se entiende una visión que no ha perdido contacto con el futuro y un humanismo inserto en lo real, que supera tanto la utopía materialista como la utopía idealista –que piensa que la lucha profunda de las masas por su redención integral es la Ilíada de los pueblos y de la historia– y cree, en fin, que la libertad y el amor son las dos alas del espíritu humano, si la verdad es esa, entonces apenas si asoman poetas revolucionarios en el mundo, es decir, por encima de sectas, de partidos y de fronteras, creemos que Luis Franco es una excepción solitaria.

Alejado de corrientes populistas o dogmáticas, de oportunistas, de literatos al calor de poder oficial o eclesiástico, obtuvo el reconocimiento de Leopoldo Lugones, Roberto Arlt, Gabriela Mistral, entre tantos otros. Hace cuatro años llevé sus restos a Catamarca, a Belén, en un emotivo y conmover viaje. Un pueblo entero lo recibió. Vi caballadas, lágrimas en los ojos, niños con sus guardapolvos blancos, maestras orgullosas de su poeta, gente de a pie honrando su memoria, su civilidad, sus versos. Inolvidable, inolvidable. Y en los muros de muchas calles los alumnos escribieron pensamientos o poemas que llegaban al corazón. Siempre dije: después de la figura de mi padre es la de don Luis la que me sostiene.

Luis Franco murió el primero de junio de 1988 a los 89 años, olvidado y sin reconocimiento. Eligió su destino y le fue fiel. En una sociedad donde la impunidad y la malicia están enquistadas en una suerte de picaresca, donde la complicidad intelectual, la soberbia y la hipocresía giran en cíclicas reacomodaciones, él eligió la ética, es decir, la soledad.

Carlos Penelas
Buenos Aires, 2015

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