domingo, 9 de mayo de 2010

Divagaciones patrióticas

La teoría del libre albedrío
es un invento de las clases dirigentes.
Friedrich Nietzsche

El príncipe Kropotkin señalaba que “la burocracia es de por sí el núcleo de una clase cuyos intereses son totalmente opuestos a los del pueblo, al que pretende servir”. Necesitan de la pobreza para hacer sus negocios. Carecen de columna vertebral. Para adaptarse a un mundo florido donde la gente cultiva con sensatez el buen gusto, la hipocresía y el cinismo. ¿Cuántas pequeñas canalladas, cuántos engaños imperceptibles forman parte del alma? Querido lector éstas son las sinuosas estrategias o manipulaciones para alcanzar el poder y su irremediable sensación de impunidad. Recuerdo, no sé porqué, a Einstein cuando dijo: “El matrimonio no es más que la esclavitud con apariencia civilizada”.

Nuestros políticos dan asco, pero me empieza a llegar el olor de otras comarcas. Todos parecen extras de cine. El engaño en las campañas exhibe su desvergüenza de manera obscena. Pícaros populistas, fascistas y señores reaccionarios se abrazan con las multinacionales. Recuerdo, no sé porqué, a Lewis Carroll: “Querrás, querrías, querrás, querrías, / querrás bailar también”.

Ahora el Pentágono continúa con un proyecto de profundizar una investigación ambiciosa: reunir todos los datos imaginables sobre la vida de una persona, ordenarlos en un índice y permitir su búsqueda. El programa se llama LifeLog y recopilaría lo que hace un ser humano: cada mensaje de correo electrónico enviado o recibido, cada foto sacada, cada llamada telefónica realizada, cada revista leída. Como vemos, Orwell no se equivocó tanto.

Querido lector: como escribió uno de los grandes literatos gallegos, estoy hablando de Gonzalo Torrente Ballester, por los años ’70: “Yo jamás me propongo romper algo que se está rompiendo solo”.

Es interesante hacer una lectura de todo. Ahora parece que los medios manejan las cosas. Si volviéramos sobre las páginas de Sun Tzu (544 antes de nuestra era) veríamos cómo era el proyecto de conquista. Y que lugar tenían las baratijas, las putas, la bebida y el juego. Si no tomamos el poder como medida de las cosas nos equivocamos una y otra vez. Ya Albert Camus señaló con claridad: “al menos los anarquistas saben contra quien luchan”.

Aparecen entre nosotros, otra vez, los curas villeros, un sindicalismo sin salida, un euro con tropiezos, una Grecia que trae los problemas de un capitalismo no resuelto e imposible de resolver como quieren. Digamos que es fácil de ver, de predecir. Es todo más complejo, tiene usted razón. Conflictos en Facebook, opiniones como las del caballero Mark Zuckerberg al afirmar que no cree en la privacidad de Facebook. Y luego viene lo del matrimonio gay, lo de los curas pedófilos, los engaños de los índices, el cinismo de los gestos y de las actitudes, la dispersión, el drama de los hospitales, de las escuelas, de los ferrocarriles. Y los cacerolazos otra vez en Atenas que pega en España y en Portugal.

De esto, entre otros asuntos -como simples poetas- hablamos hace más de cinco años. Pero parece que nadie nos lee. Que nadie nos lee pues hubo otros, más sabios y conocedores que yo, tratando y estudiando estos panoramas líquidos que generan hambre, guerra, desolación y muerte. En fin, que como en Muerte en Venecia la decadencia también alcanza a la ciudad en forma de epidemia.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2010

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