jueves, 11 de marzo de 2010

El banquero anarquista o las preguntas de Carloncho

Antes no dejaban a nadie pensar con libertad.
Ahora está permitido, pero ya nadie es capaz de hacerlo.
Hoy la gente quiere pensar sólo lo que se supone
que debe pensar, y a eso lo considera libertad.
Oswald Spengler

No es fácil, lector, releer a Spengler. No es fácil en estos tiempos. Mi amigo Eduardo Pérsico, muy buen narrador, continúa leyéndolo. Seguramente usted tiene ciertos resquemores, ciertos prejuicios. (No de Eduardo, sino de Oswald.) Comprender algunos hechos sociales o políticos es dificultoso. Ni hablar de un acto estético; es más complejo, más profundo. En fin, que todo populismo termina siendo de derecha, termina siendo reaccionario. Hay bibliografía, bibliotecas enteras. Además, por si quiere seguir haciéndose el distraído, esa posición puede ser de derecha o de izquierda. Hubo campos de concentración en Alemania y hubo campos de concentración en la Unión Soviética. Otro amigo me reitera: “Tenés que ver que posición adopta el Partido Comunista, si te ponés en la otra vereda no te equivocás nunca. Ellos mearon siempre fuera del tarro.” Puede ser, puede ser. Sobre todo que ahora dirigen un banco propio. No se diferencian del Banco del Espíritu Santo. (Deberíamos releer El banquero anarquista, de Pessoa.) Deberíamos, de todas maneras, repasar la polémica de Rosa Luxemburgo con Lenin. Y las posiciones de la Primera Internacional. Textos póstumos, sin duda. Ese es un tema preocupante -no dudo- para ciertos intelectuales conversos.

Viejo dilema: civilización o barbarie. Desdichada memoria la nuestra. Caudillos con poncho y caudillos con levita. Una supuesta izquierda progresista, una izquierda cholula, un elitismo iluminado, una clase media acomodaticia y complaciente, un laicismo señorial, una crispación higienista. Y señores y señoras que opinan del universo y sus alrededores. Y un periodismo cada día más empobrecido, como el fútbol. (Que negocio, ¿no?) Detrás corrupción, mesas de dinero, chantaje, hoteles faraónicos, la revolución desde el caldo populista. (¿Está dentro de la ley? Sí, señor. No, señor. ¿Pues entonces quién le roba? ¿Usted votó? Si, señor, si señor. Pues entonces ¿por qué grita? ¿Yo, señor? Sí, señor…etc. etc.)

Presunto canibalismo, influencias borbónicas, iconografías despintadas. Crucifijos, embarazos, abortos, mutilaciones, engaños. Da asco, una y otra vez. De verdad lo digo. Al leer el diario, al escuchar la radio. ¿Es nuevo? No, viene de siglos. Caballeros, viene de siglos. Lean a Quevedo, lean a Calderón. Y la señora que se pinta y se pinta; y habla que te habla. Peor que Gila. Hay que tomar medidas moralizantes, dicen los caballeros de la mesa redonda del asado criollo. Mafias poderosas, proliferantes, comparsas folclorizados. Sin malicia, señores, sin malicia. ¿Ditirambos, flatulencias, intelectuales orgánicos al poder? Los monaguillos corren ante el altar. Benditos sean los poderes de la patria. Y bendito el nombre de los jefes espirituales. Y las villas miserias y el dengue y el hambre y la pobreza. Bendito sea todo en nombre del Señor, del Rey y de la Ley. Y de las divas que entienden de gramática, de filosofía, de geología, de cinematografía y de economía. Amén. Lentejuelas, proscenio y cunetas. Aplausos, epílogos. (Aflojale que colea.)

No hay discurso que alcance. No hay sinécdoque ni graffiti urbano que logre comprender lo incomprensible. Ellos mismos hablan de libretos, de “aparatos cuasimafiosos” y citan a Coppola o a Mario Puzo como si fueran parte del guión de El Padrino. (Y no están muy equivocados. Son iguales.)

Licio Gelli fue condecorado por nuestro líder eterno. Nada menos que un agente de la Italia fascista y de la CIA, vinculado a sectores del General Francisco Franco -por la Gracia de Dios- y amigo personal del propio general Juan Domingo Perón. Licio Gelli, entre otras cosas, miembro fundamental en la Operación Gladio. Y Calvi y la Logia P2. En fin, cosas sin mayor importancia ante sloganes como cipayos, masones, tercera posición. O aquellos angelicales: “patria si, colonia no”, “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Y aquel enternecedor “mañana es San Perón”. Una fe, una procesión, un santuario. Historias lejanas, de medianos del siglo XX, leyendas patéticas, resúmenes escolares. Nadie las recuerda, nadie sabe quién fue Aloé o Lobel. Patón Basile es un niño de pecho.

El derrotero de cada peronista tiene signos importantes: son traidores, leales, catastróficos, feligreses, matones, héroes, barones del conurbano, patoteros sindicales, empresarios non sanctos. ¿Un grotesco criollo, Armando Discépolo? Podemos seguir: intensiones ocultas, negociados y trenzas, maquillajes públicos, discursos con champagne y milanesas. Aprietes y malversación.

A veces pienso que Almodóvar creó el sainete nacional. Además hay que sumarle nuevos protagonistas que bailan y se divierten entre travestis, magos, saltimbanquis, mayordomos y ventrílocuos. Ahí se nos vienen los arrinconamientos, las reticencias, los desdenes y las humillaciones. (Señores, damas y caballeros: se venden escarapelas a precio de liquidación. Tres al precio de una, cinco al precio de una. Diez y cerramos.)

Una historia folletinesca con diarios canónicos y barras populares, con rezos y braguetazos, con abstenciones revolucionarias y miserias de unidades básicas. Y comités que se hunden y reflotan. La Armada Brancaleone en pleno delirio. Viva el pueblo y la revolución, vivan las treinta y cuatro verdades de las cartas, que somos compañeros de ruta, que apoyamos críticamente. (Esto lo escuché de niño).

Nada por aquí, nada por allá. Y aparecen las chequeras, los departamentos en Puerto Madero, los nuevos ricos con los nuevos pobres. Vivan las intendencias, los chóferes y las botineras. Desde el Poder las chicas de Divito. Pobres, nada les queda bien (ni los corpiños ni el peinado ni el teñido ni el botox ni el cinturete ni los escotes ni las piernas fofas). Los muchachos legisladores con trajes italianos, de marca, y zapatos al tono no saben llevarlos (parecen de la hinchada de Boca o de la Guardia Imperial), tienen el aspecto de un luchador con un frac. Ahí viene Primo Carnera, ahí regresa El Hombre Montaña. Y El Caballero Rojo, ex diputado, ex preso, ex dirigente. Les falta estilo, se les descubre el flequillo del barrio, la cadenita con la virgencita y la uña larga del meñique. Todo en el caldo, revolviendo la olla con el cucharón. Revolviendo un poco de caracú, un poco de Fidel Pinto, un chori, una patente de corso, algo de La hora de los hornos con fritas y aceitunas, La razón de mi vida y un cuento de Cortázar, un tango fantasía y Carlitos vigilante, Camilo Cienfuegos con la Madre Teresa, el Pocho en la motoneta y la fotografía de Triaca, la cumbia villera, un vestido de Paco Jamandreu y las banderitas entre bombos, palcos y candidatos virtuales. Fachadas, desguaces, diálogos cómplices, susurros, sobres entre gallos y corderos patagónicos. Así se hace patria, qué joder. ¿Y las preguntas de Carloncho, Penelas? Perdón, me equivoqué de título. Además quise escribir sobre la vida de Curro Jiménez y me salió esto. No lo tome a mal. Uno, a veces, se equivoca.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo de 2010

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