jueves, 25 de agosto de 2011

Hadas argentinas

Busca venganza, poder y Dior.
Victoria Ocampo

Hemos escrito varias veces sobre el tema, desde diferentes ángulos. No es un tema menor. Es una posición ética, es una mirada ideológica. De nada vale la anécdota sino no vemos más allá de nuestras narices. Lo contrario es la falsificación, el engaño, la complicidad. Dije, escribí, confesé, que desde mi niñez existió una historia nacional y personal en mi hogar. Mi padre, gallego, se llamaba Manuel Penelas. Se formó en estas tierras con lecturas de escritores naturalistas, con pensadores contestatarios. Socialistas y anarquistas fueron sus compañeros que trasmitieron, a este ser casi analfabeto, a este adolescente llegado de una aldea lejana - empobrecida por frailes y señoritos - una visión amplia de una sociedad, de luchas sociales, pero también de conducta íntegra, de posiciones solidarias. “Soy un hombre de bien”, afirmaba. A partir de allí las lecturas de los clásicos españoles, los novelistas rusos, el rechazo a todo autoritarismo, a todo populismo. De izquierda o de derecha. Y una mirada muy crítica hacia el Estado. Y cuando digo Estado, digo Iglesia, burocracia, ley, guerra, banderías.

Por los años cincuenta los amigos le decían en broma que había escrito el libro de Eva Perón, La razón de mi vida (1951). Él, se ponía de muy mal humor, comenzaba a recitar, hasta donde sabía, la vida del verdadero autor: Manuel Penella de Silva. Este caballero, nacido en Valencia el 4 de marzo de 1910 – murió el 12 de abril de 1969 – fue Licenciado en Filosofía y Letras, corresponsal de diversos diarios españoles. Desde 1954 agregado de información de la agencia Efe para diversas embajadas hispanoamericanas. Fue el autor de El número 7, sobre el nazismo. Recordemos que se casó con una alemana y tuvo cinco hijos.

Pues bien este señor escribió La razón de mi vida, páginas que luego aprobaría la señora Eva Perón. Hay versiones que tardaron dos años en editarlo pues el que dio el visto bueno fue su esposo, el general. Recordemos, al pasar, que en 1949 se publica El segundo sexo de Simone de Beauvoir, tal vez una de las obras más relevantes del siglo XX por su posición filosófica, antropológica e histórica. Habla, entre otras cosas, del producto cultural que la sociedad fue construyendo a su alrededor. La frase que resume esta teoría, conocida pero que es interesante traer sobre el tapete, es: “no se nace mujer, se llega a serlo.”

No es malo mencionar a Rosa Luxemburgo (1871-1919) tal vez la intelectual más lúcida, combativa, íntegra, del marxismo de principio del siglo XX. Una carga simbólica enorme: todos los 15 de enero se recuerda en Berlín su asesinato junto al de Karl Liebknecht. Esta mujer sencilla, frágil, enorme, escribió muchos textos, miles de escritos. Fue perseguida, fue presa, fue vilipendiada. Recordemos uno de sus libros: Reforma o revolución (1900). Una frase de esta judía universal: “No debemos olvidar, empero, que no se hace la historia sin grandeza de espíritu, sin una elevada moral, sin gestos nobles.”

Los tiempos cambian, los tiempos cambian. Es mejor no recordar a Belén de Sárraga ni a Virginia Bolten. Hoy nuestras hadas compran carteras de Louis Vuitton y piensan en el cabello, el maquillaje, las joyas. Susana Ortiz protege el guardarropa de la elegida. Churba, Senra, zapatos de Claude Bernard. Abrigos de cuero de Cardón, pequeñas huellas de Bulgari. Taco aguja con punta afilada de Ricky Sarkany. Conjuntos, chaquetas, abrigos, vestidos. Marcas fetiches; se cambia entre cuatro y cinco veces por día. Se dice que el placard equivale a un departamento de cuatro ambientes. Sospecho que detrás debe haber otras empresas, otros emporios, otros sueños.

Evita decía de sí misma: “la más humilde de las mujeres”. Ante Gisele Freund, ante las fotografías que le había tomado con sus vestidos, sus sombreros y sus joyas (Life, 1950) afirmó: “¡Qué el mundo vea lo que tengo!” Victoria Ocampo sostenía que “cuando la humildad se ostenta, se destruye”. Cuando hacía referencia a la mujer del Primer Trabajador la mencionaba como la Peronnelle.

Curioso, una señora de la aristocracia criolla señalaba ciertas cosas que nadie quería ver, que nadie deseaba analizar. Una señora, como Victoria Ocampo, que tuvo una posición clara desde el principio ante el franquismo. Y que colaboró en ayuda de la República Española.

Décadas después todo sigue igual. O casi igual. Pero no se haga problemas, caro lector. Este es sólo un artículo. Breve, insignificante. De anécdotas. Anécdotas como las que salen a la luz en estos días: viejas putas que se acostaban con seres siniestros. ¿Empezamos a señalar las actrices o escritores que delataban en los años 50, las listas negras, los boxeadores que colaboraban en las comisarias? Temas menores, sin duda, de gente que no comprende los procesos revolucionarios. Pero sepa: las hadas de hoy son como la madrastra de la Cenicienta. Y Cenicienta no existió, eso es terrible. Otro ejemplo, casi olvidado, para evocar otros tiempos: Alicia Moreau de Justo (1885-1986). Militante incansable, médica, feminista. En 1918 funda la Unión Femenina Nacional; en 1902 la Unión Gremial Femenina. Apoya la Segunda República Española en la Guerra Civil. En 1975 fue una de las fundadoras de APDH. Ejemplos que se pierden, que se olvidan, que se ocultan. Jamás tuvo un cargo político, jamás una cartera de marca. Y no hablamos de revoluciones ni de revolucionarias. Es para comparar con las hadas argentinas. Nada más que eso, no busque otra intención, amigo lector. No sea mal pensado, que Dios no lo permita.

Carlos Penelas
Buenos Aires, agosto de 2011

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