lunes, 14 de octubre de 2013

El alma viaja en tranvía

Según el Autor, este nuevo libro de poemas, que tiene portada y grabados interiores del artista Carlos Andrés Scannapieco, apunta a la premisa de sencillez y claridad; “la dificilísima sencillez” a la que refiere Carlos Penelas, quien tiene en su haber poemarios de delicado estilismo.


La brevedad que transita su poética goza de un notable pico de altura. Es el soliloquio, que se distancia notablemente del monólogo, pues es diálogo consigo mismo. No hay poema que la pluma de Penelas firme, sin este balance interior y las palabras de la contratapa ya orientan a los lectores al funcional lirismo que le es propio.

Sin embargo, hay una riqueza que no confiesa la contratapa y de la que no puede escaparse si se viaja en el tranvía de la remembranza que propone la fantástica portada.

Para ahondar en este sentimiento de evocación, las palabras del español Luis Cernuda, tienen impecable altura si queremos avanzar en este nuevo poemario de Carlos Penelas, Álbum familiar.

“Iré…Donde penas y dichas no sean más que nombres,
Cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;
Donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,
Disuelto en niebla, ausencia,
Ausencia leve como carne de niño.
Allá, allá lejos;
Donde habite el olvido”.

Gabriela Delgado afirma que “La arena del tiempo se derrama en vacíos que no podemos completar. Una gran región se funda al otro lado del espejo, allí van los evocaciones que se nos escapan y que no podemos recuperar”. Tan sensible decir, no quita que, en algunos espejos donde nos miremos, también existan otras regiones de mares, de aguas batidas, y muy rítmicas si el galaico-portugués las incita, - y muy presentes siempre en la obra de Penelas-, en cuyo lecho aguardan ser rescatadas, las remembranzas.

Todo lo pasado tiene el oro del tiempo. La pátina que lustran las victorias y las derrotas de guerras interiores. Llegar hasta esos escenarios, bucear, internarse, penetrar, llevan a contiendas. Y, para tal heroísmo, se precisa concilio con los dioses.

Agazaparse bajo la piel de Héctor, que salva honor y casta, amarrarse al mástil del equilibrio como Ulises si se opta por la esperanza de la vuelta, o, para acercarlo a la esencia que inspira la poética de Álbun Familiar, vivificar el lar del mítico Breogán.

Cual sea la ruta, habrá que cubrirse de valor. Me otorga razón, en Conquista del olvido, la poeta argentina Norma Segades:

“Hay que andar,
...con cautela,
anillos de memoria enmarañada,
navegar espejismos de promesas
haciendo caso omiso a sus palabras,
amarrados a las arboladuras
de vergüenzas,
...engaños
...y distancias
y aprender,
...lentamente,
a conjugar los verbos en pretérito
aunque la sangre insurreccione pájaros
debajo de las pieles harapientas[…]
Es un asedio largo y doloroso
junto a la soledad de sus murallas.
Porque erige sus puentes levadizos
y desnuda las lenguas crepitantes
donde hierve el recuerdo
la encendida insolencia de su entraña”.

Quizá, ese sentido de rescate que tiene toda contienda, el afán, la piedad, los despojos, la anchura de horizonte nuevo y la escalada para mejor visión de lo pasado, armonicen los paisajes que nunca se pintaron y conciban escenografías huérfanas de metáforas para descarnar mayores imágenes. De eso, sabe CP.
Entre sus versos, respiran, extranjeros por estar en tierra ignorada, íntimos por permanecer en carne viva, los recuerdos. Y “fundan pueblos de dulzura, en cada fuego de la noche” como poetiza Gelman, sin dejar de latir sobre la más entrañable infinitud de la evocación: el alma.

Porque, créase o no en ella, el alma existe. Y viaja en tranvía.

* * *
La portada y las ilustraciones interiores pertenecen al artista Carlos Andrés Scannapieco, premio nacional de grabado, docente de larga trayectoria.

Las fotografías son propiedad de Carlos Penelas.


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