martes, 1 de junio de 2010

Lecturas

El pequeñoburgués es el hombre
que se ha preferido
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Gorki

Es importante releer. Es fundamental releer. Poco a poco vamos descubriendo en cada página un universo. Nos resulta imposible en una sola lectura descubrir aquello que las grandes obras, que los grandes poemas nos presentan. Somos otros; aquello que vimos hace diez o veinte años lo miró otro, lo sintió otro. En la medida que leemos abrimos nuestra sensibilidad – teóricamente, no siempre es así –y podemos percibir el mundo, nuestras circunstancias de otra forma. El engaño, la corrupción, la desdicha cotidiana, lo grosero, será interpretado desde otra óptica. Y además descubriremos hechos que no habíamos percibido. La mirada del espectáculo nos abruma. Eso lo vemos en una relación de pareja, en una institución viciada y terminada como el matrimonio o en los engranajes de un sistema social que flota a la deriva y arrastra a la humanidad en círculos infernales. De ahí la naturaleza de la creación, la importancia del arte. En Homero, en Shakespeare, en Dostoievski, en Picasso o en Wagner están nuestras vidas.

Es importante leer pues el militarismo y el populismo protagonizaron en nuestro país gran parte de nuestra decadencia. El nacionalismo populista profundizó hasta tal punto el sistema que también en la izquierda prendió la demencia, lo irracional. Luego vinieron, una vez más, las historias de cinismo, persecuciones, hipocresías con anécdotas memorables. El Poder finge empalagarse entre las pruebas de lealtad condicional de burócratas, funcionarios y hombres de fe. Desconfía de la cultura.

La semana pasada fui a ver, después de muchos años, Todos eran mis hijos de Arthur Miller (1915-2005). ¿Quién no recuerda Las Brujas de Salem o Muerte de un viajante? Creo sin embargo que Todos eran mis hijos es uno de los textos más importantes de la dramaturgia del siglo XX y la mejor pieza del autor. Su nombre fue por los años cincuenta un emblema de audacia y de ruptura permanente. Un hombre de valor, de confrontación. Es esta obra, influido por Ibsen, advertimos de manera brillante una profunda crítica al sueño americano, a la guerra, a la hipocresía de una sociedad, al supuesto error, al imaginario colectivo. Pero también el conflicto moral de una familia, sus zonas obscuras, sus secretos, sus mentiras, sus pasiones.
Una de las lecturas que continuo haciendo desde mi adolescencia es el de la Biblia. Usted, querido lector, sabe que no soy creyente pero me gustaría saber cuántos creyentes leyeron la Biblia y estudios o investigaciones en torno a la religión como yo. Bueno, uno de los libros que he releído el mes pasado es el Eclesiastés, uno de los libros sapienciales. Precede al Cantar de los Cantares. Lo recomiendo siempre. Es un texto donde el dolor, la soledad, la caducidad de la vida, nos muestra un camino interior sumamente interesante de analizar. Hay en sus páginas un marcado espíritu crítico, una manera de reflexionar.

Hace unos meses estuve dando unas clases en torno a la literatura de Raymond Carver, a mi entender uno de los grandes cuentistas. Hay en sus relatos un carácter fragmentario que me entusiasma, que me llena de inquietud. Territorios donde la visión de la vida cotidiana se nos presenta con sus provocaciones, con una suerte de indeleble conmoción. No es en balde recordar que renovó la forma del relato breve en una suerte de elipsis. Mis hijos son lectores fieles de su universo, de sus articulaciones, de sus dramas aparentemente triviales. Lisandro, esta vez como director, esta ensayando una puesta basada en tres cuentos de este exquisito narrador.

Por último les quiero hablar de Roland Barthes (1915-1980). Hacia finales de los cincuenta publicó un libro sumamente interesante: Mitologías. Lo acaba de leer Emiliano. En breves ensayos nos señala los mitos de nuestra vida cotidiana, de esos mitos que emergen a nuestro alrededor y nos van conformando una ideología, una ideología de la cultura de masas moderna. En sus páginas nos transforma la forma de mirar, el proceso de mistificación. Tiene una claridad de escritura que nos da gusto leer y releer. Y pone sobre el tapete la cultura burguesa, el carácter político de lo profano. De ahí que nos hable de la crema de limpieza facial o del cine de Chaplin. Desde el casamiento de las grandes divas hasta el automóvil, de la publicidad o del turismo. En este libro, como en otros del autor, encontraremos ese espacio ambiguo entre lingüística y literatura. Además hay un discurso trascendente en sus artículos que nos ayuda a mirar de otra forma. Barthes escribe: “El mito no oculta nada y no pregona nada: deforma; el mito no es ni una mentira ni una confesión: es un inflexión.” Perdón, no dejen de leer Rosaura a las diez, de Marco Denevi. Una obra lamentablemente olvidada. Porque el arte, querido lector, colabora en la aventura de conocernos.

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2010

1 comentario:

  1. Estuve mirando, el blog, el 1 de junio y días siguientes. Quizás, esperando encontrar algo...algo.
    Estuve en contacto con un libro
    "Conversaciones con Luis Franco" Torres Agüero, Bs.As., 1991 (2º edición). Quizás, y ya si con seguridad, me llevo a esperar...algo.
    Espero encontrar...22 años, una locura.

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