Comentario de Soliloquio del desvelo, por Carlos María Romero Sosa
Desde el punto de vista etimológico el término “soliloquio”, proveniente de dos voces latinas, significa hablar solo. Con lo cual viene a representar lo antagónico al diálogo. Sin embargo extrañamente, para trasmitir intimidad, subjetividad y hasta encierro en ocasiones, nada hay más adecuado que la poesía. Allí el alma se deja filtrar, como un rayo de sol por el ojo de la cerradura. Es que en el acto poético la comunicación de esencias y latencias vence al monólogo, en un corrimiento al yo-tu y ello es lo que busca, paradojal, Carlos Penelas, en el título de su último libro: Soliloquio del desvelo, como que nada puede dar idea mayor de soledad e intransferible inquietud interior que un desvelo. Solo que a esa vigilia suya no la sitian temores y temblores sino que la enriquecen los recuerdos de infancia extendidos por campos de nostalgias -o morriñas- transitados con rumbo retomado a “la felicidad de un tiempo lejano” en procura de revelar “los símbolos secretos del padre y de la madre”. Cuando no, hacia ayeres encaramados a los años de su juventud estudiosa, desde donde le llegan los nombres de los siempre releídos y meditados Nicolás de Cusa, Quevedo, Pascal o Whitman.
En general la de Carlos Penelas, se presenta como una poesía de afecto antes que de angustias y dolores. Por lo mismo no son accidentales los epígrafes incorporados sobre la mayoría de las composiciones, más allá que desde esa torre de atención y homenaje descubra el autor distancias. Imposibilidades de divisar más lejos: “Me azora la lejanía, la voz velera,/ ese hollado pulso de la sombra”. Y las dispersiones propias, como “de un pastor transterrado”. En los versos blancos que componen “Soliloquio del desvelo”, de esmerado lenguaje y preciso ritmo acordes con el fondo y el trasfondo de lirismo que emana el libro, se advierten los cultos laicos del autor. A Borges de quien con captación de buen lector, asimiló el modo preciso de adjetivar y enumerar. Y desde luego la devoción a la Galicia de sus mayores, recurrente fuente inspiradora de su escritura. Fiel a un consumado estilo, aquí no abundan las metáforas a lo Neruda; sobrarían y extraviarían su mundo que rota -valga reiterarlo- sobre un eje de memorias bruñidas hasta alcanzar la luz tenue de las añoranzas. Así cuando al volverse hacia “la única patria del hombre” en la expresión de Rilke, el poeta descubre que “era feliz en ese patio/ envuelto de voces castellanas y gallegas./ Rodeado de reyes, de naves, de corsarios.”
En este Soliloquio del desvelo, Carlos Penelas habla desde sí, naturalmente de sí mismo como que toda creación literaria es autobiográfica, pero lejos de avaricias expresivas y cripticismos, no solo lo hace para sí. Algo más que merece celebrarse en Soliloquio del desvelo.
En este Soliloquio del desvelo, Carlos Penelas habla desde sí, naturalmente de sí mismo como que toda creación literaria es autobiográfica, pero lejos de avaricias expresivas y cripticismos, no solo lo hace para sí. Algo más que merece celebrarse en Soliloquio del desvelo.
Carlos María Romero Sosa



0 comments