viernes, 21 de agosto de 2020

El poeta descubre a la amada


Veo subir su cabellera en la noche,

entre voces, espejos y recuerdos.

Susurro tu nombre en silencio

mientras las manos buscan

el tacto de la tarde, en la beatitud

infinita que asoma sutilísimo.

Hay un edén, un eco en la avidez

inalcanzable, desnudo.

Entonces surge el lecho,

el vino, la cebolla, el ajo.

Me veo cautivo en ese cielo

de moradas y barcas.

Te poseo secreta en el aliento

de la rosa y del ardor sensible.



Sin saberlo, empujas la memoria

en el instante que late tu vestido.

Hacia el viento,

hacia el presagio del viento.




Carlos Penelas

Buenos Aires, agosto de 2020


Foto: Nahui Olin, por Edward Weston (1923)

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