lunes, 4 de junio de 2018

Esto que llegó, se queda

Desentendido lector. Mejor aún: desocupado lector. Con su licencia debo decirle que no vivimos una crisis. Vivimos un estado de decadencia que llegó desde la vulgaridad, se fue consolidando de a poco – entre ginebra, uniformes, perdularios, mediocridad, corrupción, politiquería, goles, bombos y choripán - y se va a quedar. Otra vez. Sí, que hay islas, lugares donde la ciencia, el arte o la creatividad continúan la excelencia, su visión humanista del cosmos y de la historia. No volvamos sobre la claridad. Quiero decirle que estamos en el siglo XXI y todo se dio vuelta. Los términos, la cultura, las ideologías, los hábitos. Lo que resulta anormal se lo presenta como natural. Todo se tergiversó. Las sociedades sufrieron engaños, mitos, creencias, relatos y supercherías. Desde lo religioso hasta lo laico. Otro día hablaremos de los mazorqueros, de la veneración de las reliquias y del Banco Ambrosiano. Sí, también de San Agustín y de San Juan de la Cruz. Pero reitero, estamos en el siglo XXI. Rodeados de fruslerías, trivialidades, nimiedades, ineptitud e incultura.


El fracaso de las revoluciones cesáreas, el fracaso de los populismos, la ignominia de las dictaduras, las guerras y los campos de concentración nos han llevado a esto que hoy vivimos. Los sistemas agobiantes, la explotación del hombre, la miseria espantosa, los grandes centros de poder se las ingeniaron para destruir lo sagrado, lo humano, lo sutil de la mirada interior. Eso también lo vemos. Pero resulta que la descomposición es sistemática. En lo cotidiano, en lo ético, en lo particular.

Esto es sólo un artículo, no se ponga mal. Vemos que el ocaso de la inteligencia ha sigo avasallado por la ignorancia, por la banalidad. Cada día somos un poco más brutos, más toscos, más ordinarios, más obtusos. Nos cuesta hablar, nos cuesta pensar, nos cuesta imaginar. Vemos adolescentes y no adolescentes con actitudes imbéciles, con desconocimientos básicos, con tural en todas las clases sociales. Algunas pueden estar justificadas o son comprensibles. Las otras son alarmantes. Profesionales, estudiantes, empleados, señores y señoras bien alimentados, bien vestidos, pitucos, con viajes al exterior son incultos, patanes. Curados de espanto, pamema Porota, curados de espanto. Escandaloso, Porota, escandaloso.

Ya no se trata de si leyeron a Homero o gustan de la música de Malher, si reconocen una obra de Velázquez o un film de Kurosawa. No estamos hablando de eso. No los conocen, no les importa conocerlos, no les interesa. Hablamos del universo digital, de la expansión tecnológica y la globalización. Debe tener presente, amigo leedor, que además en estas tierras habita el peronismo. El peronismo - por favor, no lo tome a mal - es una hidra. La hidra se alimenta de gusanillos, se reproduce por gemación – como le es propio a los animales inferiores – se desplaza arrastrándose sobre la base o bien dando saltos. El cuerpo de la hidra genera cabezas. Y en este caso, la cabeza que busca el poder varía según la época. (El número de cabezas de la Hidra de Lerna iba desde tres, cinco, nueve, cien y hasta diez mil). Desde la psicología social se ha estudiado el peronismo en estas implicaciones complejas pero no se conocen resultados. Desde lo científico es imposible, desde lo religioso no se quiso analizarlo. En la mitología griega la hidra era un despiadado monstruo acuático que guardaba la entrada al inframundo.

En Cultura y compromiso, 1970, la antropóloga Margaret Mead escribía que los jóvenes son el termómetro de los cambios sociales al empaparse de todo lo nuevo en cada etapa. Pero aquí hablamos de decadencia, de borrar la historia, los hechos sociales. De no saber quién fue Cristóbal Colón, Enrique Omar Sívori, Gene Kelly o desconocer la Revolución Francesa. No mezcle, por favor, no sea dogmático ni populista. Avanza la inmediatez, en ellos y en sus padres.

Pues bien, nombramos a los Millennials, la Generación X, los NiNis, los Geners, la Generación del yo, yo, yo. Entonces recordamos: dopamina, superestrella, fama, gloria, todo en veinte segundos, selfie, memes, gifs, gatos, el olvido del celular y la muerte inmediata, los mensajes. Falta de imaginación, de fantasía, de utopía. A esto le podemos agregar las patologías sexuales contemporáneas, las neurosis, el poliamor, las nuevas conformaciones familiares, la promiscuidad, los tatuajes, la gestación artificial, los prejuicios, la arbitrariedad, la ceguera, los argumentos delirantes, la destrucción de la enseñanza.

Un paso más: inteligencia artificial, inmortalidad digital, marcadores somáticos, emociones básicas y secundarias, segundo cerebro en el aparato digestivo, neurociencia cognitiva, genética conductual, lenguaje y memoria, afectos, la intuición, la creatividad, la robótica, big data o inteligencia de datos, el análisis molecular. Llegamos: el cerebro cambia muy lentamente, el cerebro tiene miles y miles y miles de años. Los primeros fósiles de un animal con cerebro son de hace unos quinientos millones de años.

Como decía el Minguito del barrio: estamo realizados, estamo. Por último: cerró Maison Lion D’or, la bombonería más elegante y tradicional de Buenos Aires. En su local se venderán zapatillas deportivas. No hablemos de España ni de Italia, al menos en estos días. Por fortuna en breve empieza otro mundial de fútbol. Que el Señor nos bendiga y la Virgen nos proteja.

P.D.: Me olvidada. No sea badulaque, tiene la obligación de leer La parranda (1959) de Eduardo Blanco-Amor, uno de los grandes de la literatura. Detrás de su obra Valle-Inclán y Eça de Queirós. Compárelo con la mayoría de los escritorzuelos contemporáneos.

Carlos Penelas
Buenos Aires, junio de 2018

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