miércoles, 26 de marzo de 2014

Elegía del bosque


No os riáis de nosotros los celtas. 
Jamás haremos Partenón alguno, porque nos falta el mármol, pero sabemos tomar en nuestras manos el corazón y el alma. 
Renan.


Habitábamos en un barrio de Barracas al Sur, Piñeiro. Nombres anónimos se mezclaban con símbolos que nos parecían eternos, una pasión virginal que sólo la inocencia le otorga don poético: el frigorífico La Negra, la panadería El Cañón, el riachuelo, el tranvía veintidós, la avenida Pavón. Algunos portales de hierro, algunos patios, la fachada de mármol de la casa del médico. Y otros nombres gloriosos que repetíamos con fervor en esas calles quietas, apacibles: Micheli, Cecconato, Bonelli, Grillo, Cruz.

El ambiente de mi niñez fue mágico. El puente viejo, el olor de las barracas, los potreros que poseían una sacralidad que los transformaban en rituales y únicos. Vivía ocupado por pensamientos secretos, sin testigos, en una suerte de ensueño místico. La necesidad de un obstinado retiro. Un sentimiento que gusta del silencio. Había -lo sigue habiendo- una inmovilidad, una contemplación perezosa.

Madre me leía cuentos antiguos, los Cuentos de Calleja. Soñaba con princesas, hadas, bosques encantados, umbrales lejanos desde donde se veía el mar. Mi padre me llevaba de la mano por parques entrañables. Crecían leyendas libertarias, banderas, epopeyas de obreros, galeotes ingleses, hórreos, monasterios eslavos. Armas secretamente guardadas en roperos de roble, hembras que crecían entre el amor y el peligro.

Un valor oracular, como una profecía. En ellos la memoria de seres de otras tierras, una cosmogonía que puebla a criaturas de ensueños y mitos. Voces que forman un conjuro vaticinador, la piedad por el hombre desamparado, frágil. Y al mismo tiempo insurrecto, traductor del misterio y del arado.

Siempre sentí un humor natural que me mantuvo alegre. Vengo de un linaje de labradores, de abuelos que alababan la piedad bienhechora. Mis padres embellecían lo que solían mirar. Con ojos encantados santificaban los rincones de la niñez. Así crecí. En el afecto de mis mayores y mis hermanos, en casas de habitaciones con talismanes ocultos, con pájaros bordados sobre almohadas y plantas. Invocaban divinidades, símbolos proletarios.

Fui -sigo siéndolo- un utópico que predica el siglo dieciocho con la mirada de un burgués, un romántico que se emociona y llora la ausencia de los desaparecidos, una suma de contradicciones que van desde la callada melancolía del padre hasta la vivacidad y valentía de la madre.

Distraído y ausente me convertí en el príncipe de Espenuca, un huérfano sin nombre.

Carlos Penelas

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