viernes, 20 de septiembre de 2013

Manuel Ocampo por Victoria Ocampo

Cuando nuestra ciudad, en 1967, conmemoraba cien años de vida, en una audiencia televisiva organizada por la Biblioteca "Bernardino Rivadavia" y sus anexos,en el recordado "Canal 2", se leyó una producción de la prestigiosa escritora Victoria Ocampo, nieta de quien fuera el dueño de estastierras en las que mandó erigir Villa María. Mediante este escrito, publicado en uno de los tomos del "Plan de desarrollo de la ciudad de Villa María" (1967), accedemos a una imagen familiar del terrateniente y visionario Manuel Anselmo Ocampo.

Manuel Anselmo Ocampo, “Papocampo”, con su nieta y autora de estas palabras, Victoria Ocampo. La escritora en la época que tuvo lugar la evocación

Recuerdo a Manuel Anselmo Ocampo -a quien me piden que recuerde con motivo del centenario de Villa María, por él fundada el 27 de setiembre de 1867-no tanto en los últimos años de su vida como en la épocaun poco posterior a la de la fotografía en que está sentado en el patio de estancia, La Rabona, con una de sus nietas. Lo vemos en esa foto llevando un traje claro que habla de verano, unas botas oscuras adecuadas a sus trabajos campestres. Su barba blanca y cuidada, su pelo gris aún son los de aquel don Manuel, como lo llamaban los peones,que para mí era papá Manuel, mientras que para otros nieto será Papocampo, y hasta Pacopanco en boca de uno que se hacía lío con esas sílabas. El don Manuel de los peones partía de madrugada a vigilar las tareas rurales y volvía, cuando apretaba el calor,a tomar unos mates. La chica de la foto, recostada contra él -yo-parece hija de un puestero y seguramente sus manos debían de guardarel rastro de la tierra fértil del partido de Pergamino. Ahí había sembrando él mares de lino, de alfalfa, de maíz.Y también árboles para dar sombra y verduras para que las comieran frescas sus hijos y los hijos de sus hijos.

Truenos en la llanura
La chica del retrato le tenía un poco de miedo, como a las tormentas súbitas que ennegrecían el horizonte. La inmensa llanura les prestaba un marco de grandeza adecuado, y los truenos retumbaban en ella con más solemnidad. El poco de miedo de la chica no era porque a ella la retara el abuelo. Jamás lo hizo en esas temporadas que pasaban juntos,primero en San Miguel, después -cuando se dividió la estancia entre dos hermanos- en La Rabona. Pero papá Manuel era un señor propenso a erupciones volcánicas de la palabra. La chica se extrañaba de que protestara porque no llovía, y a poco andar porque llovía demasiado. Nunca parecía estar conforme con el estado del tiempo y con los pronósticos de su servicio meteorológico privado(algunos puesteros de La Rabona con antenas especiales para captar los anuncios de temporales o chaparrones). A don Manuel le molestaba la conducta caprichosa de un cielo del que era víctima inerme.

En la época de la esquila, nos dejaba entrar en algún galpón lleno de tijeras bien manejadas, de carneros y ovejas quejumbrosos. Entre balidos y lana polvorienta por fuera, limpia y tibia por dentro, que caíaal suelo como desnudando al animal, nos parábamos, fascinadas por el espectáculo. El lo contemplaba con no menos interés, pero seguramente de otra especie.

Había plantado, cerca de la casa, en La Rabona, además de los consabidos eucaliptos, una avenida de casuarinas. Las casuarinas australianas, así llamadas por el parecido de sus ramas en floración con las plumas del casoar (ñandú de Australia) tiene una particularidad.El viento gime al pasar por su ramaje, con la monotonía melancólica del mar sobre las playas. Mi madre le preguntó un día a su suegro: "Dígame, don Manuel (ella y todas las nueras los llamaban así, como los peones. La gente de aquella época no era confianzudacomo la de ahora y el respeto por las canas se usaba)… dígame, don Manuel, ¿por qué planta árboles tan tristes? El contestó:"Porque se parecen a mí".

¿Aqué respondería la tristeza de Manuel Anselmo? Su mujer, Angélica, una de las beldades de su tiempo, era no sólo linda,sino bondadosa e irradiaba serenidad, cosa que él no conocía ni de nombre. Tenían nueve hijos (tres mujeres y seis varones).Claro que todos ellos no fueron igualmente aptos para alegrarle la vida.Pero cualquier hombre que se atreve a tener nueve hijos, corre ese peligro.Para el siglo victoriano no era tampoco un número exagerado.

Visitas a los abuelos
El físicode Manuel Anselmo llamaba la atención, tanto como el de su Angélica.Miguel Angel lo hubiera tomado de modelo para la Capilla Sixtina. Los nietos se le multiplicaban como los eucaliptos y las casuarinas. Su hija mayor,María Luisa (a la que debe su nombre esta Villa María de Córdoba), vivió siempre a su lado, junto con Diógenes Urquiza, con quien se casó. En los patios de la calle Lavalle 777 (hoy cine Ambassador) no sólo florecían magnolias. Reían muchachos y muchachas que daba gusto mirar. Eramos un clan. De acuerdo con las edades, y por grupos, nos presentábamos en días fijosa comer con nuestros abuelos. Docenas de caras frescas jabonadas y alegresiban a besar semanalmente a Manuel Anselmo. "Vayan a saludar a su Papocampo",decía mamá Angélica en cuanto llegábamos.

No cabe duda de que la vida no le mezquinó nada. Tampoco él fue avarocon ella. Y soy testigo de que le dio el sudor de su frente. Lo veo llegar, acalorado de sus tareas mañaneras, en la estancia, secándosela frente con un pañuelo que parecía una servilleta de gran tamaño. Lo oigo preguntarle a Evaristo por la bolsa de galletas,y a Abraham por los choclos; ahí estaban en una canasta, mostrándola chala rubia, porque él los abría para comprobar si erantiernos. Veo el gesto de la mano que le tendía un mate, con su bombilla de plata reluciente, y la otra mano, ya marcada con las pecas de la vejez, que le tomaba.

Al final de su vida estaba francamente neurasténico (así se llamaba a su estado de angustia entonces). Se quejaba continuamente de insomnio,terrible suplicio para quien lo padece. Mi abuela contaba, medio riendo,diálogos nocturnos de cuarto a cuarto:

-¡Angélica! No puedo dormir.
-Eso es natural a nuestra edad, Manuel. El insomnio es cosa de viejos.
-Entonces me embromaré, caray.

Eso iba dicho con términos más contundentes. Solía usarlos.

Un recuerdo final
Cuando por fin se durmió, después de tanto no poder dormir, éramos numerosos los descendientes de Manuel Anselmo que lo velábamos.Había pertenecido al partido radical (de los comienzos) y murió durante un gobierno radical. El presidente llegó a Lavalle 777 apoco de morir mi abuelo. Alguien dijo: "Ahí está don Hipólito. Vayan a recibirlo". Manuel Anselmo estaba ya acostado en el cajón.Pero yo no lo recuerdo muerto, sino en los años en que me parecíaun señor todopoderoso, dueño de muchos carneros y que ponía dos a nuestra disposición, atados a un cochecito. Lo recuerdo sentado en un sillón de mimbre como en un trono. Recuerdo su voz que llamaba a Abraham y preguntaba por los duraznos y los pelones amarillos que tanto me gustaban, mientras se asomaba al patio recalentado por el sol una diosa vestida de brin blanco (mi tía Isabel, recién casada y digna de ser comparada con cualquier Elizabeth Taylor de Hollywood).

La diosa se atrevía a decir: "Don Manuel, vaya a descansar a su cuarto, esepatio es una hoguera a esta hora". A mí no me incomodaba el sol y me interesaban las indagaciones sobre la fruta. Y don Manuel parecía tan resistente a los rayos solares como yo.

Durante una temporada se le ocurrió llevarnos, en tren naturalmente, hasta Rosario.Acontecimiento memorable para nosotros. Nos acompañaban mi madre y la diosa vestida de brin blanco. Supongo que algún rosarino vio pasar, con cierta curiosidad, a esa pareja de mujeres lindas junto a lasque marchaba un hombre de barba blanca y nariz aguileña, imponente,imperioso, como ave de presa… pero nada temible para quienes lo conocían bien. Así recuerdo a don Manuel Anselmo, nuestro Papocampo.

Victoria Ocampo
Buenos Aires, 1967
Fuente: El diario del Centro del País, noviembre de 2006

Carlos Penelas en La Rabona
Este fin de semana el poeta estará participará de la Fiesta Nacional de Poesía en homenaje a Silvina y Victoria Ocampo. El acto se realizará el sábado 21 de septiembre en la estancia La Rabona, Manuel Ocampo, Pergamino. 

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