domingo, 26 de mayo de 2013

¿Quién ha dejado de sentir?

Hace años que recomiendo ciertas lecturas. Indispensables. Uno de los autores es Kenneth Rexroth, de los mayores poetas y ensayistas norteamericanos del siglo XX. En él una cultura totalizadora, absorvió lo mejor de oriente y de occidente, con un sentido crítico sumamente agudo.


A nadie le resultará extraño oír a un poeta afirmar que la gran mayoría de los políticos no tienen relación con hechos estéticos; que la literatura, la obra de arte o la sensibilidad se hallan muy alejados de sus funciones. “La función del espectáculo en la sociedad consiste en la fabricación concreta de la alineación.” “La mercancía es ahora todo lo que hay que ver; el mundo que observamos es el mundo del producto.” Estas dos citas pertenecen a Guy Debord (París, 1931-1994) uno de los pensadores más interesantes, polémicos y discutidos que publicó en 1967 un libro que conmovería cimientos: La sociedad del espectáculo.

Vivimos una época cargada de neurosis, de alineación, de imbecilidad. Tal vez todas las fueron en mayor o menor medida.¿Quién recuerda El derecho a la pereza, de Paul Laforgue, a Hypatia, a La Boétie y El Discurso sobre la servidumbre? Pues bien, hemos perdido la memoria. Todo se ha vuelto rápidamente falaz, engañoso, capcioso. Son los tiempos del “gran juego” según Kipling. La memoria es parte de la historia, “una adquisición para siempre” al decir de nuestro buen amigo Tucídides.

Recomiendo las páginas de Guy Debord, pienso, siento que son imprescindibles para entender nuestro panorama. El lleva en su mirada el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo y el letrismo. Por eso nos advierte que pertenecer al aparato político o cultural de un país implica un acuerdo acerca de lo que no debe ser leído ni pensado. Es la experiencia histórica de los réprobos. Nos muestra de manera descarnada lo fetichizado, lo tecno-estético, la diagramación de la mirada. Juan Goytisolo dijo de su obra en un reportaje: “Una lectura viva, desestabilizadora y cambiante de la ciudad”.

La sociedad del espectáculo es una sociedad sin política, en la que los individuos se han visto desposeídos brutalmente de sus posibilidades y de los riesgos de la acción. Sufren las fluctuaciones ingobernables de un sistema absurdo y criminal. Los espectadores viven en la seguridad de una existencia tranquila, pacífica y administrada, o bien víctimas de la exclusión y de la precariedad, viven en la monotonía, el aburrimiento. El espectáculo es el nuevo opio del pueblo, nos dice, nos induce a pensar. Es la despolitización de la vida. En su biografía, Panegírico, podemos leer: “Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esta luz, se mostrará y se hará suficientemente comprensible.” Y también: “En un mundo unificado, no es posible exiliarse.”

El espectáculo crea un presente perpetuo apoyado en el espejismo de la tecnología, en el que es posible la ocultación, el simulacro y la mentira. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad. Eso es lo que nos va mostrando de su mundo, de nuestro cosmos. No es casual que solía reivindicar dos obras Alicia en el País de las maravillas y las del marqués de Sade, muy nombrado pero poco leído. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad, reiteramos.

Algunos datos que nuestro querido lector, atento e inteligente, ampliará con su búsqueda. En 1959 se une al movimiento letrista de Isidore Isou, el poeta rumano. Crea la revista Potlatch (1954-1959) y funda en 1957 La Internacional Situacionista. (Recordemos: el hombre en situación, Sartre, Calderón, Swift, etc.)

Fred Vermorel, militante del situacionismo, escribirá en los muros de París en mayo del 68: “La cultura es la inversión de la vida” o “El bien comercial es el narcótico del pueblo”. Luego vendrá Malcolm Mc Laren, promotor de Sex Pistols, Sid Vicious. El primer grupo de música punk de Inglaterra (1975) grabaría Anarchy in the U.K (Anarquía en el Reino Unido).

Quien lea sus páginas comprenderá un poco más del por qué de las mafias, del terrorismo, de los iletrados, de las guerras, de la inteligencia del saber, de la falsedad sin respuesta, de los medios masivos... Pero también nos inducirá a releer la historia de Jaurès, el fusilamiento de Villan en las Islas Baleares en 1936... Y a comprender, a discernir, la belleza, el arte clásico. Y vibrar en un análisis lúcido y radical de la sociedad contemporánea.

Por último, para sentir otra literatura y otra sensibilidad. Leer para este fin de mes: El caballero que cayó al mar de H.C.Lewis. Me animo a afirmar que es una obra maestra olvidada. Una verdadera joya publicada en 1937. Créame, no soy político ni predicador. No tengo motivos para mentirle. Hasta pronto. Y no me odie.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2013

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