martes, 15 de noviembre de 2011

Literatura, celulares y modernidad

No es fácil comprender nuestros días. Todo se mezcla; todo. Tal vez siempre fue así, tal vez el ser humano jamás terminó de aprender, de sentir, de intuir. Por eso necesita de líderes, de reyes, de dioses, de banderas. Tiene miedo de estar solo, de sentir latir su corazón, de intentar ser libre. De no depender de nadie. Libre como los vientos y los pájaros. Libre como un poema, como una estrella fugaz entre las olas. Debo confesar –aunque usted lector por un motivo o por otro se siente molesto, culpable o injuriado– que la estupidez avanza a paso redoblado. Y se mezclan afectos, citas, cumpleaños, ideologías, frustraciones, hoteles, rostros, pasiones, obsecuencias. Todo, todo junto. Y nos hacemos revolucionarios de un día para otro o nos hacemos hombres serios y prudentes. O populistas y sectarios. O todo junto.

Siempre recomiendo la lectura de London o de Stevenson. O el teatro de uno de los clásicos del siglo XX, descubriendo una concatenación de efectos que en verdad son causas y de causas que en realidad son efectos, cuya obra es un socavamiento del discurso del Poder: Tennessee Williams. Cualquiera de ellos pone el instinto en una escritura que se encuentra suspendida en la línea, donde hallamos una suerte de ética nihilista, desplegando una mirada abarcadora, manifestándonos desde lo literario (como el Dr. Kinsey lo hizo desde la sexualidad) la problematización de lo normal y de lo anormal, textos que tranquilizan e inquietan simultáneamente al lector. Nos enseñan las percepciones conscientes o inconscientes de los protagonistas, escritores conmovedores y trágicos de la literatura mundial.

Pensar, leer, escribir. Ahora todo es electrónico, todo el elemento humano está en un archivo, en una tabla, en la posibilidad de insertar algo por la ventana. Todo termina succionado por supr o ctrl. Viene el llanto virtual, el abuelo virtual y la amada virtual. Hábitos e ilusiones sobre el celular. El cerebro no da abasto de la nada. Desbordó de vulgaridades, de mensajes acumulados, de hojarasca. Y siguen los iconos en los cerebros juveniles. Huecos, vacíos. Flash, el planeta flash. Y continúan los zombies, los abombados, con sus celulares en las manos. Se viene la epidemia, peor que la peste negra o la fiebre amarilla. Además ésta da euforia, exprime el pomelo y el melón. No, los pomelos se regalan para un aniversario de casados, para un cumpleaños de quince o cuando es desactivado el respirador de la abuela. Una sociedad de simios, clic.

El diagnóstico de los científicos sobre lo que se avecina es sombrío, más que una película de Bellochio. Por un lado tenemos las armas nucleares, por otro el brutal deterioro del equilibrio ambiental. Sin caer en el fatalismo nos preguntamos que pasará en los próximos diez años. Se pide colaboración a los países más avanzados para que respondan. Es curioso, ellos desataron este caos, fueron los que generaron estas delicias. Las naciones centrales son las responsables de esta mirada apocalíptica. No los anarquistas, caro lector. Ellos no forman para del Consejo de Seguridad de la ONU, ni del descrédito de las Naciones Unidas ni del estremecedor pronunciamiento de los hombres de ciencia reunidos hace muy poco tiempo en París. Ni los anarquistas ni los pobres diablos que duermen en las calles del mundo, en las alcantarillas del mundo.

No tiene mucho sentido seguir con esta cantinela. Evoco palabras de Albert Camus que pertenecen al discurso pronunciado cuando se le entregó el Premio Nobel de Literatura, en Estocolmo, en 1958. “ …al lado de todos esos seres humanos silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir, mas que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad y esperanza a volverlos a vivir”.

Carlos Penelas
Buenos Aires, noviembre de 2011

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