Tus guantes
puestos en la punta de tu cuerpo de ardilla
y el punch de tu sonrisa.
Nicolás Guillén
aquellas noches despertando un milagro;
la fatiga, el destino, los libros, lo aleatorio.
Revivo caminatas con mi padre,
la sombra imprecisa del sombrero
entrando al Luna Park entre la muchedumbre.
Nombraba a Julio Mocoroa - el bulldog platense -
la fugitiva vida en sus pies, la técnica notable.
Detallaba el estilo y la elegancia,
un boxeador distinguido, reiteraba. Como nunca había visto
repetía mirando un cuadrilátero en las nubes.
Tal vez era una manera de convocar fantasmas,
un ademán sutil de nombrar a los griegos.
Citaba a Arthur Cravan, a Magaldi, a Kid Charol.
Mencionaba a Pedro Quartucci, decía Gene Tunney.
En la plaza, en los cafés o en los tranvías
pronunciaba Orsi, Ravaschino, Seoane, Lalín…
Y de pronto aseveraba: Mocoroa,
Alvear y Tagle, las fintas, la revancha
que la fatalidad de los hados impusieron.
En la popular vibraba recalando cigarros
al descubrir el oficio del hombre en el espejo,
oteando las sogas, lo voraz, el esquive.
Solía acordarse de un directo de izquierda
y un cross de derecha.
Entonces se abrían los brazos en el clinch
con dones otoñales y su beso en mi frente.
A lo lejos la delicadísima luna
es una mitología intemporal que huye con brusquedad
evocando otras cosas comunes:
un abismo, un jab y la evidencia imponderable
del amanecer que pasa como el río.
Carlos Penelas
Buenos Aires, 24 de octubre de 2025
sábado, octubre 25, 2025
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Nuestros sueños son nuestra única vida real.
Federico Fellini
Cuando sostengo este nombre o digo desaliento o lecho
ella sabe que soy el sheriff Waytt Earp,
que suelo presentarme como John Wayne o Robert Mitchum.
En los momentos de desenfundar ella piensa
en Stagecoach y siente la mirada de Gary Cooper.
Ella es Lauren Bacall esperando los brazos de Humphrey Bogart
en The Big Sleep, confundida, espléndida,
con un pie desnudo y la almohada en la sombra.
Cuando susurro su nombre ella me llama Brando,
me llama Clint y me besa en el silencio de la noche
mientras el viento mueve una rosa distraída.
Entonces amo a Scarlett Johansson, vuelo sin saber
en el abandono íntimo de la ternura.
Pero al mismo tiempo amo a Ava Gardner y a Kim Novak.
Ella siente que soy Paul Newman o Clark Gable
manejando un Chevrolet Bel Air con una sola mano.
(A veces Diane Keaton lloró sobre el hombro de Kirk Douglas).
Soy el Marshall, el jinete del desierto, el del Smith & Wesson.
Y también soy Johnny Weissmüller.
Ahora ella es Charlene Holt.
Al descubrir en el cine el film Robin Hood
yo era Errol Flyn y ella la encantadora Olivia de Havilland.
Fue cuando la bese con pudor adolescente
en el Nottingham Castle, frente a los acantilados.
Curiosamente recién hoy comprendí
el reflejo de la luna en un pozo,
los latidos ligeros de la luz, la orilla del jardín,
la melancolía flotante de la brisa.
Y que hay huéspedes que copulan sin nombre.
Presurosos en el río Misuri, sin tiempo.
Carlos Penelas
Buenos Aires, 13 de octubre de 2025
martes, octubre 14, 2025
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