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Carlos Penelas

 
Si no imagina, el pensamiento ignora
Mario Luzi
 
Anatole France
 
Por favor, no se ponga pesado. No se comporte como esas amantes que no pueden olvidar al hombre que compartió el lecho y por lo tanto lo agrede. Sé lo que me va a decir: que suena a ingenuo, que es una suerte de romanticismo tardío, que el título corresponde a un semanario libertario del siglo XIX. Puede ser, puede ser…lo cierto es que al menos una o dos generaciones leyeron estas páginas a la luz de una vela o en la cocina de una casa de inquilinato. O en la pieza de la pensión, en los tranvías, en las horas de descanso de un taller gráfico. Hoy la gente, toda la gente, es más bruta, más burra, más elemental. “Los títulos no acortan las orejas”, decía nuestro amado Sarmiento. Y es verdad, hoy los profesionales son más lamentables que en el pasado. El populismo, la irracionalidad, la falta de sensatez, la banalidad han ido socavando lo poco que quedaba. Pero bueno, aquí estamos para recordar algunas frases, algunos nombres, algunos secretos.
 
El encanto que más interesa a las almas es el encanto del misterio. No hay belleza sin velo, y lo desconocido es aún lo que preferimos. La existencia sería insoportable si no soñásemos siempre. Lo mejor que tiene la vida es la idea que sugiere de algo que no hay en ella. Lo real nos sirve para fabricar mejor o peor un poco de ideal. Es quizá su más grande utilidad. Esto lo escribió uno de los grandes escritores, uno de los hombres que se comprometió de verdad con la belleza, con la libertad, con la búsqueda de otra vida. Hablamos de Analote France. El texto pertenece  a El jardín de Epicuro.
 
Para las nuevas generaciones, y para las no tan nuevas que ignoran casi todo, es válido mencionar dos líneas. Anatole France apoya a Emilio Zola durante  el proceso Dreyfus; al día siguiente de la publicación de Yo acuso, firmó la petición exigiendo la revisión del proceso. Devolvió – otros tiempos, otros seres -  la Legión de Honor cuando se la retiraron a Zola. Participó en la fundación de la Liga de los derechos humanos.
 
Fue, además, partidario de la separación entre la Iglesia y el Estado, de los derechos sindicales y contrario a las prisiones militares. Obtuvo en 1921 el Premio Nobel de Literatura. Hoy esto es pasado. Aquí, en esta tierra, y en el mundo.
 
Nos olvidamos que Julio Verne y Hans Christian Andersen profesaban ideas socialistas. Nos olvidamos de nombres como los de Moro, Rabelais, Campanella o Cyrano de Bergerac.
 
El historiador colombiano, Luis Giovanni Restrepo Orrego nos dice: “Delacroix, el gran pintor francés representa la Libertad como una bella mujer que enarbola una bandera tricolor y que luce un gorro frigio; Víctor Hugo por su parte, dirá romanticismo es el Liberalismo en literatura. Son alegorías del romanticismo que estrecha su compromiso político cuando canta, siguiendo los ideales de la Revolución Francesa a la libertad de los pueblos; la Libertad lleva aparejada la idea de progreso y por consiguiente la de cambio y revolución. Lamartine compone su Oda a las revoluciones en la que vuelve al significado primitivo de la palabra revolución: Movimiento circular por el cual un objeto (mundo) tiende necesariamente al punto del que partió (Dios). Lamartine soñaba con ser el Padre de una revolución que instauraría en Francia para siempre, la Justicia y la Libertad, mientras Víctor Hugo concede al poeta una misión y un sentido Mesiánico como el gran conductor de los pueblos”.
 
Sé que estas pobres líneas no modificarán la conducta de los ministros, ni la de los gobernadores ni la de los cardenales ni la de los gendarmes ni la de los investigadores que tienen el traste sucio. Sé también que la obsecuencia de cientos de miles de intelectuales o artistas viven distraídos. Y que un setenta por ciento de la población es de una ignorancia aterradora. Pero es una necesidad recordar algo. Tal vez sólo se trate de un pacto entre usted y yo. O lo que es peor entre mi ser interior y los fantasmas que me habitan.
 
Para finalizar, caro lector, una cita que suelo mencionar: Los anarquistas tenemos el entusiasmo de la vida, escribió Rodolfo González Pacheco. Y también: No acaba de comprenderse al anarquista. Y esto se debe – parece una paradoja – a su propia sencillez, su rectitud, su coherencia.
 
Carlos Penelas
Buenos Aires, julio de 2012
 
jueves, julio 19, 2012 1 comments
A partir de ahora escribiré breve. Escribiré carteles. Para que alguien los recorte y los pegue en los muros de los palacios. O en la frente de aquellos que son camaleones. O los tire a la basura sin haberlos leído. Intentaré no ser ambivalente, intentaré no falsear la realidad, intentaré – como siempre lo hice – no caer en la demagogia ni ser sensiblero. Sin dioses, sin patrias, sin banderas. Parecería que no hubiera jerarquías ni normas. La fragilidad de pensamiento, la torpeza de supuestos intelectuales (con títulos o sin ellos) es de tal magnitud que parece que fueran sobornados. O por dinero o por cargos. Pobres diablos, camaradas sin espina dorsal. ¿Fundamentalismo de mercado, de credo? Los anarquistas tenemos el entusiasmo de la vida, escribió Rodolfo González Pacheco. Y también: “No acaba de comprenderse al anarquista. Y esto se debe – parece una paradoja - a su propia sencillez, su rectitud, su coherencia.” De aquellos escritos viene la memoria. Vigente, en pie, insurrecta. Rebelde, entonces, junto al viento y la rosa azul del sueño.

Rodolfo González Pacheco

Apóstoles de iconografías y símbolos comparten la visión polarizada del Estado. Y escriben o vociferan pueblo en un proceso que pocas veces los tuvo en cuenta más que para hacer número. Además, desde un púlpito sacro, discuten la democracia, la burguesía, el liberalismo. Sin terminar de entender muy bien cada cosa. Confundiéndolo todo; a veces por ignorancia, generalmente por mala fe.

La historia, la sociedad, crece en términos de complejidad e incertidumbre. Baudelaire afirmaba que debíamos de ser sublimes sin interrupción. Difícil, pero utópico.

Necesitamos deseducarnos para recuperar la espontaneidad. En lo cotidiano, en lo fraternal, en el amor, en la belleza, en la mirada del alba y de la noche. Habituados a un mundo de valores absolutos y palabras mayúsculas –por las cuales se cometieron crímenes, torturas y vejaciones- ese hombre supuestamente pensante vive enajenado. El hambre, la pobreza, la industria cultural, la falta de pasión, genera pedantería; devaneos y alardes. Inconstancia y frivolidad en la mayoría.

Me gusta sentirme un peregrino sin destino, un poeta que viaja a través de un espacio no estructurado, empujado siempre por frustraciones y esperanzas, solidario con los seres que luchan por su dignidad, por su libertad, por el amor. Que nunca fueron muchos; que son pocos, digo. De allí -tal vez- la extraterritorialidad, el extranjero, el exilio. No lo sé, caro lector, no lo sé. Los hombres de partido y los escribas tienen todas las respuestas. Y no digo más.

Carlos Penelas
Buenos Aires, septiembre de 2011
lunes, octubre 17, 2011 1 comments
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