Con la tecnología de Blogger.

Carlos Penelas

El buen lector hace el buen libro.
Ralph W. Emerson


He reiterado en más de una ocasión que en el Profesorado en Letras Mariano Acosta era fundamental el estudio de las lenguas clásicas, la literatura medieval española, italiana, francesa, inglesa y alemana. La formación de esos años giraba en torno a esa mirada. Nos daba solidez, nos enseñaba el mundo del arte en todos sus matices. Profesores como Lorenzo Mascialino (Latín), Germán Orduna (Medieval española) y Julio Balderrama (Gramática) fueron pilares. Hombres reconocidos en las universidades de Europa, de nivel internacional. Hombres que hablaban y escribían cinco o seis lenguas. Balderrama, lingüista, era un símbolo: veintidós idiomas, entre ellos el guaraní. En esa cosmovisión crecimos, aprendimos y nos educamos. A partir de ella podíamos conocer y reconocer el universo que nos esperaba. La sensibilidad, una existencia descubridora con un conocimiento imprescindible.

“La Historia como el drama y como la novela – dice Toynbee – es hija de la mitología…Se ha dicho por ejemplo de La Ilíada, que aquel que emprenda su lectura como un relato histórico , allí encontrará la ficción y en revancha, que aquel que la lea como una leyenda, allí encontrará la historia”.

Esto podemos presenciar en la literatura norteamericana. Sentir la existencia del hombre en la sociedad, el carácter social de la existencia, el espejo que se pasea a lo largo de una travesía, el héroe anónimo con su virtud pública y privada, el hombre en su mundo. Y todo ello desde lo estético, desde la introspección, desde la realidad interna sobre la anécdota externa. Y todo ello con una técnica narrativa impecable; criaturas de ficción que van plasmando una concepción sobre el tiempo, la vida y la muerte.

La tarea del lector es entender y darse cuenta, gozar con lo mejor de las letras contemporáneas, descubrir el privilegio de la palabra, del clima, en una liturgia mágica, conmovedora.

No es nuestra intensión realizar un catálogo en este breve artículo. Simplemente recordar autores que nos fueron ampliando una visión durante más de treinta años. Una aproximación entonces en bloque: Henry David Thoreau, Edgar Allan Poe, Herman Melville, Stephan Crane, Emily Dickinsen, Henry James, William Faulkner, Mark Twain, Jack London, Dashiell Hammett, Truman Capote, Carson McCullers, J.D. Salinger, Ray Bradbury, Ernest Hemingway, John Kennedy Toole, Henry Miller, H.C.Lewis, Alfred Hayes, Cormac McCarthy, Raymond Carver, William Goyen, Paul Auster…

Seguramente faltan nombres. Sin contar a Walt Whitman, T.S. Elliot, Ambrose Bierce, Eugene O´Neill, Arthur Miller o Tennessee Williams. En ellos admiramos ese universo del cual mencionaba al comienzo de estas líneas: simbolismo, penetración psicológica, sencillez expresiva, visión lírica de la realidad, contemplación de la naturaleza, literatura de frontera.

Las palabras pueden inspirar al silencio, al diálogo del silencio. Hay un registro en la expresión de una obra que deparan otros mundos, otras circunstancias. Es cuando llegan las voces que ignoran distancias. De ese pasado nos nutrimos, nos vamos guiando a la habitualidad de nuestros mayores.

Desde lo cotidiano vamos viendo una simbología que nos acerca a zonas íntimas, a zonas interiores. El hombre actual, escribió Orson Welles, sólo está reelaborando todo el patrimonio cultural anterior.
Las lecturas de juventud son por un lado poco provechosas pues hay impaciencia, distracción y falta de método. Por otro lado está la pasión, la propuesta de modelos. Cuando llegamos a la vida adulta nos damos cuenta de ello. Así como nosotros vamos cambiando, leemos por primera vez un libro releído, sucede con frecuencia, a los textos que nos aguardan les sucede lo mismo.

Partimos de una base: se leen los clásicos por amor. No por obligación o por respeto. Y además debemos saber desde donde leemos. Ni la obra ni nosotros somos intemporales.

Recordemos las lecturas que realizó Cesare Pavese de los grandes escritores norteamericanos, los estudios de Italo Calvino, los estudios que se realizan en todas las universidades prestigiosas del mundo. Es que en Estados Unidos se gestó una literatura renovadora, refleja siempre una tendencia de la novela contemporánea: desplazamientos temporales, monólogo interior, corriente de conciencia, la tediosa sexualidad, una crítica a la propia sociedad norteamericana. Además, el advenimiento de los Estados Unidos como nación de poderío mundial no impidió la renovación del localismo centrado de los principios liberales que rigen al hombre medio norteamericano. Son siempre un testimonio de vitalidad, ofreciéndonos la imagen del hombre anónimo transformado en héroe de su aventura. Aventura que entraña la existencia cotidiana. Y el desasosiego, la violencia gratuita, la rebeldía, tortuosas historias de violencia y sexualidad, el clima onírico por momentos, el vigor siempre de sus personajes unidos a la falsa prosperidad, la evasión moral, la incertidumbre. Eso y más nos acerca esta literatura de análisis social, de sentido profundamente individual y sentido crítico de la raíces puritanas de Nueva Inglaterra. La literatura norteamericana tiene una dimensión imaginativa propia, de tonalidades a veces sombrías en una suerte de credo civil.

Recordemos al tomar un libro aquellas palabras de Marcel Proust en Días de lectura: “Sin duda, la amistad, la amistad referida a los individuos, es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero por lo menos es una amistad sincera, y el hecho de que vaya dirigida a un muerto, a un ausente, le confiere algo desinteresado, casi conmovedor”.

Carlos Penelas
Buenos Aires, marzo de 2014

martes, marzo 18, 2014 No comments
Hace años que recomiendo ciertas lecturas. Indispensables. Uno de los autores es Kenneth Rexroth, de los mayores poetas y ensayistas norteamericanos del siglo XX. En él una cultura totalizadora, absorvió lo mejor de oriente y de occidente, con un sentido crítico sumamente agudo.


A nadie le resultará extraño oír a un poeta afirmar que la gran mayoría de los políticos no tienen relación con hechos estéticos; que la literatura, la obra de arte o la sensibilidad se hallan muy alejados de sus funciones. “La función del espectáculo en la sociedad consiste en la fabricación concreta de la alineación.” “La mercancía es ahora todo lo que hay que ver; el mundo que observamos es el mundo del producto.” Estas dos citas pertenecen a Guy Debord (París, 1931-1994) uno de los pensadores más interesantes, polémicos y discutidos que publicó en 1967 un libro que conmovería cimientos: La sociedad del espectáculo.

Vivimos una época cargada de neurosis, de alineación, de imbecilidad. Tal vez todas las fueron en mayor o menor medida.¿Quién recuerda El derecho a la pereza, de Paul Laforgue, a Hypatia, a La Boétie y El Discurso sobre la servidumbre? Pues bien, hemos perdido la memoria. Todo se ha vuelto rápidamente falaz, engañoso, capcioso. Son los tiempos del “gran juego” según Kipling. La memoria es parte de la historia, “una adquisición para siempre” al decir de nuestro buen amigo Tucídides.

Recomiendo las páginas de Guy Debord, pienso, siento que son imprescindibles para entender nuestro panorama. El lleva en su mirada el futurismo, el dadaísmo, el surrealismo y el letrismo. Por eso nos advierte que pertenecer al aparato político o cultural de un país implica un acuerdo acerca de lo que no debe ser leído ni pensado. Es la experiencia histórica de los réprobos. Nos muestra de manera descarnada lo fetichizado, lo tecno-estético, la diagramación de la mirada. Juan Goytisolo dijo de su obra en un reportaje: “Una lectura viva, desestabilizadora y cambiante de la ciudad”.

La sociedad del espectáculo es una sociedad sin política, en la que los individuos se han visto desposeídos brutalmente de sus posibilidades y de los riesgos de la acción. Sufren las fluctuaciones ingobernables de un sistema absurdo y criminal. Los espectadores viven en la seguridad de una existencia tranquila, pacífica y administrada, o bien víctimas de la exclusión y de la precariedad, viven en la monotonía, el aburrimiento. El espectáculo es el nuevo opio del pueblo, nos dice, nos induce a pensar. Es la despolitización de la vida. En su biografía, Panegírico, podemos leer: “Mi método será muy sencillo. Hablaré de lo que he amado; y lo demás, bajo esta luz, se mostrará y se hará suficientemente comprensible.” Y también: “En un mundo unificado, no es posible exiliarse.”

El espectáculo crea un presente perpetuo apoyado en el espejismo de la tecnología, en el que es posible la ocultación, el simulacro y la mentira. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad. Eso es lo que nos va mostrando de su mundo, de nuestro cosmos. No es casual que solía reivindicar dos obras Alicia en el País de las maravillas y las del marqués de Sade, muy nombrado pero poco leído. La ficción y la apariencia pasan por delante de la realidad, reiteramos.

Algunos datos que nuestro querido lector, atento e inteligente, ampliará con su búsqueda. En 1959 se une al movimiento letrista de Isidore Isou, el poeta rumano. Crea la revista Potlatch (1954-1959) y funda en 1957 La Internacional Situacionista. (Recordemos: el hombre en situación, Sartre, Calderón, Swift, etc.)

Fred Vermorel, militante del situacionismo, escribirá en los muros de París en mayo del 68: “La cultura es la inversión de la vida” o “El bien comercial es el narcótico del pueblo”. Luego vendrá Malcolm Mc Laren, promotor de Sex Pistols, Sid Vicious. El primer grupo de música punk de Inglaterra (1975) grabaría Anarchy in the U.K (Anarquía en el Reino Unido).

Quien lea sus páginas comprenderá un poco más del por qué de las mafias, del terrorismo, de los iletrados, de las guerras, de la inteligencia del saber, de la falsedad sin respuesta, de los medios masivos... Pero también nos inducirá a releer la historia de Jaurès, el fusilamiento de Villan en las Islas Baleares en 1936... Y a comprender, a discernir, la belleza, el arte clásico. Y vibrar en un análisis lúcido y radical de la sociedad contemporánea.

Por último, para sentir otra literatura y otra sensibilidad. Leer para este fin de mes: El caballero que cayó al mar de H.C.Lewis. Me animo a afirmar que es una obra maestra olvidada. Una verdadera joya publicada en 1937. Créame, no soy político ni predicador. No tengo motivos para mentirle. Hasta pronto. Y no me odie.

Carlos Penelas
Buenos Aires, mayo de 2013

domingo, mayo 26, 2013 No comments
Older Posts

Created with by ThemeXpose