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Carlos Penelas

En los últimos meses, en diferentes clases, hemos tratado aspectos de puntuación, el clima en la obra, estructuras, autores esenciales. A veces es sobrecogedor escuchar ciertas preguntas - de jóvenes, de caballeros normandos o damas vienesas - que desconocen sin rubor nombres, obras o movimientos ideológicos. Lo peor es que quieren escribir, lo desopilante es que muchos publican. Y se sienten escritores. La imbecilidad, la ignorancia, la incultura no tiene límite. Desconocen, por ejemplo a James Joyce. No es que no lo hayan leído – lo cual ya es grave – no saben de su existencia. Lo mismo ocurre con Azorín, Oliverio Girondo, Menville. Rosalía de Castro, Galdós o Virginia Woolf. Ni hablar de Faulkner, Proust, Pratolini, Butor… Ignoran actores, películas y hasta deportistas famosos. Autores argentinos como Manauta, Dabove, Kordon, Blaisten… Son felices, toman el té y enuncian aquello que no saben. Y no sufren de apraxia del habla. Como preguntó Borges a un supuesto lector: “¿Quién le dijo que Quevedo escribió para usted?”.

Foto: Juan Rulfo

Una confesión. Cuando estaba en cuarto año del bachillerato, el profesor González de Literatura, al saber de mi inclinación por los libros y el deseo de escribir me dijo que debía conocer a fondo los géneros, escribir y luego identificarme con aquel o aquellos que más me sentía cómodo o me identificaba. Es así como desde ese momento hasta los 22 o 23 años intenté abordarlos. Primero con redondillas, sonetos, cuartetas, etc. Por supuesto al poco tiempo quemé todo. Luego cuentos, cerca de 90 cuentos. Los quemé. Dos obras de teatro, un breve ensayo; al fuego. Y una novela al estilo del nouveau roman, flujos de la conciencia, etc. Por supuesto conoció la brasa. Esos ejercicios, intensos, me hicieron ver. Analizar escritores, teorías, técnicas. Y ser crítico severo. Hasta hoy.

Las primeras palabras de Pedro Páramo, la obra magistral de Rulfo:

“Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Vamos a detenernos un instante en los verbos. Hay tres: vine, dijeron, vivía.

Ahora un salto hacia atrás. Del vini, vidi, vici (vine, vi y vencí) locución latina atribuía a Julio César pasamos a éste vine, dijeron, vivía.

No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.

Borges, final de “El reloj de arena”

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.

Gabriel Celaya, “Despedida”

mi madre se peina ante el espejo,
con un gesto tan antiguo como tu luz,
y piensa en aquel hijo ya sin vida.

Pier Paolo Pasolini, “Cercana a los ojos y a los cabellos sueltos”

No entenderíamos a Castillo sino tenemos presente su fuente: Horacio Quiroga.

Horacio Quiroga es un clásico de la literatura hispanoamericana, en la cual no dudó en experimentar con lo extraño y lo inquietante,

Horacio Quiroga fue un escritor, dramaturgo y poeta uruguayo, considerado como uno de los más destacados cuentistas de Latinoamérica. Iniciador de una tradición que perdura hasta el presente. Por supuesto: heredero de Edgar Allan Poe (1809-1849).

Algo más. Quiroga dedicó esfuerzos a reflexionar sobre el cuento y produjo su célebre “Decálogo del perfecto cuentista”, en el que propone las diez consideraciones fundamentales que debe seguir cualquier escritor de cuentos.

Uno de los maestros del cuento es, sin duda alguna, Abelardo Castillo.

Recordemos un fragmento de una entrevista. “Para llevarlo al plano más brutal del lenguaje, diría que lo que hace que una novela sea una novela es cómo está hecha, no su tema, y no hay que confundir nunca tema con compromiso. Para un escritor, escribir sobre los cañaverales, sobre el problema del petróleo, sobre el amor, es elegir un tema, pero ese tema además no lo elige para ver si el mercado lo recibe con alegría, si los obreros del mundo van a liberarse de la opresión o si va a conseguir mujeres en el caso del amor; viene elegido por su tema. Cuando elige el tema y se cree escritor comprometido comete el primer error. Por eso en las novelas falsamente comprometidas, donde el compromiso es puesto desde afuera, son malas. Los grandes escritores comprometidos no sabían que eran comprometidos. Y el caso típico de esto es Balzac”.

Otras palabras de Castillo. “Yo sentí 'esto no es mío' -además se los dije a los que he podido- porque era nada más que la enunciación de ideas, y le faltaba la estructura que yo le hubiera dado a un texto así para darle un final como la gente, para que sea un final rotundo. ¿Vos viste los finales de los ensayos de Borges? Parecen elegidos para cerrar. Uno de los defectos a veces de Borges era su necesidad de cerrar los textos. Se nota mucho en los poemas. En varios de los mejores poemas de Borges le están sobrando los dos o tres versos finales, sobre todo en los poemas no rimados, donde se pueden sacar tranquilamente. Y evidentemente tal vez sea incluso ese mi defecto. Yo necesito que se me cierren y se me cierran las cosas.”

"Un escritor tiene que ser una persona muy porfiada, debe estar incluso por encima de la crítica que le hacen y seguir adelante. Si no, no puede escribir" (Abelardo Castillo)

"Solemne, como pedo de inglés", es una de las frases más memorables de la novela Adán Buenosayres, de Leopoldo Marechal.

La teoría del ajedrez consiste en el conocimiento de la apertura, la táctica (o combinaciones), el análisis posicional (en particular, las estructuras de peones), la estrategia (la elaboración de planes y objetivos a largo plazo) y la técnica del final (incluidos los mates básicos contra el rey solitario).

Carlos Penelas
Buenos Aires, 11 de abril de 2025
domingo, abril 13, 2025 No comments
En mi juventud me he formado en el socialismo libertario. Más exactamente en el existencialismo, en el universo camusiano. Eso significa, entre otras cosas, que he condenado siempre la demagogia, la obsecuencia, el totalitarismo. Es decir: el pensamiento único con sectas, soberbia y barbarie. Gracias a esta formación – y a seres nobles que me educaron en la comprensión, la dignidad, lo individual – paralelamente admiré la belleza, lo estético, el pensamiento humanista. Para sintetizar: autores con los cuales no comparto su ideología son admirados en mi fuero íntimo por sus creaciones, por ese cosmos que nos trasmiten en el cual hallamos el sentido del infinito, del amor, de la muerte, de lo sublime.


Hace años que debí haber escrito sobre la obra de Leopoldo Marechal. Estas breves líneas compensarán, espero, esa tardanza. Comencé a leer su poética a los diecisiete o dieciocho años. Luego vinieron con el tiempo El banquete de Severo Arcángelo, Cuaderno de navegación, Megafón o la guerra, Antígona Vélez. Gracias a la amistad que felizmente conservo con su hija, María de los Ángeles – difusora incansable como presidente de la Fundación Leopoldo Marechal - fui ampliando el conocimiento de sus libros. Llegaron la Obra Poética, El Hipogrifo, Historia de la calle Corrientes, Descenso y ascenso del alma por la Belleza. Y diversas críticas literarias en torno a su producción.

Despreciado por una intelectualidad que no le perdonó su adhesión al peronismo, Marechal también fue marginado por la burocracia de su partido. La intolerancia del movimiento no soportó que un hombre de la cultura escribiera páginas metafísicas. En verdad - lo sostuve desde siempre - resulta arduo comprender que un intelectual sea peronista. Es un contrasentido, un despropósito. Pero lamentablemente lo hemos visto en diversas corrientes de pensamiento – con sus matices, sus tiempos, sus historias – como en el caso de Neruda, Riefenstahl, Céline, D´Anunnzio, Pound, Maeztu, Ridruejo, Aragón, Asturias, Ungaretti, Pirandello, Olhendorf, Guillén, Gentile, Pfitzner, Marinetti…

"Se produjo un hecho muy curioso: la intelectualidad argentina, antiperonista en su mayoría, y que me conocía bien, personalmente, me excluyó de su seno. Por el otro lado, los peronistas prácticamente ignoraron mi existencia: ponían el acento sobre aspectos populistas de la cultura", le manifestó Marechal, en una ocasión, a Juan Gelman.

Abelardo Castillo en una entrevista comenta que “desconfío de los escritores que no empezaron haciendo versos. Leopoldo Marechal solía recordar que, para Aristóteles, todos los géneros de la literatura son géneros de la poesía, y Ray Bradbury aconseja leer todos los días un poema antes de ponerse a escribir un cuento o una novela. Todo escritor verdadero es esencialmente un poeta. Ser poeta no significa escribir en verso, ni el puro acto mecánico de versificar garantiza la poesía”.

Sostengo que la obra de Marechal parte de su mirada sobre lo religioso y el espíritu de lo bello. Su universo está predestinado en Descenso y ascenso del alma por la Belleza. Su poética o su novelística configuran esa línea. En sus páginas observamos aquello que se manifiesta en su poesía o en Adán Buenosayres: la intertextualidad, cierta temática, imágenes, mitos, símbolos. Aparece el sentir filosófico, teológico, místico. Y la relación del creador con el poema, con su obra; éste con el cosmos, con el infinito, con Dios. Hay una lectura en su poética que se relaciona con lo estético religioso, con lo interior, con el alma. Detrás de su mirada encontramos las lecturas de Platón, Aristóteles, San Agustín, Santo Tomás de Aquino. Pero también las lecturas medievales, la presencia fundamental de San Isidro.


Existe un sujeto y un mundo en su poética por la cual nos lleva hacia un viaje que partiendo del sueño o de la fantasía – mundo ultraísta – nos transporta hacia lo idílico, hacia un universo que modela la materia poética como un demiurgo. Ese lenguaje poético tiene entidad, fija la imagen en lo arquetípico que puede ser la patria, el poema o el Creador. Observamos tiempos enunciados, deslizamientos, lo simbólico del viaje, la identidad, lo real y lo imaginario. Eso, reitero, lo atisbamos en su literatura, sea poética o prosa.

Marechal es un poeta ilustrado, erudito. Un hombre de lecturas clásicas, plenas. En su poética regresa la fuente; lo latino y lo griego. Por eso Virgilio lo acompaña en el relato mítico. Lo bucólico, lo utópico, lo criollo están en sus versos como lo está su catolicismo en ese paisaje ideal, en esa patria ideal de un territorio sin magia, sin romanticismo. Por eso la búsqueda de un cristianismo primitivo y comunitario, búsqueda que es alegoría y símbolo. Ingenuamente cree que “eso” se encuentra en un movimiento social bonapartista. Entonces necesita inventar una patria, generar un mito criollo; lo hace literatura. Necesita que su movimiento espiritual genere un país, una epopeya, un modelo de armonía con lo circundante. “Con qué derecho yo definía la Patria, / bajo un cielo en pañales / y un sol que todavía no ha entrado en la leyenda”.

El destino colectivo es una meta que lo manifiesta en su poética y en la novela. Incluso en el teatro. Esa ética que diseña es literaria, no se corresponde con un territorio que lentamente se resquebraja, se vuelve irracional, inculto, ordinario, sin perspectiva. “Creo que un poeta lo es verdaderamente cuando se hace la 'voz de su pueblo', es decir, cuando lo expresa en su esencialidad, cuando dice por los que no saben decir y canta por los que no saben cantar”. Esta, creemos, es la razón esencial, una catarsis de su “realización espiritual”, de su “experiencia metafísica”. Le es imprescindible, desde la soledad, crear un relato de identidad con un mundo que no es real, que necesita sin más continuar el camino de Eneas.

Debemos señalar aquello que confiere a la Eneida un carácter único: Virgilio relata toda la historia - pasado y futuro de Roma - en el interior de lo que no era más que el primer episodio de la historia legendaria de su pueblo. De mil procedimientos ha echado mano el poeta para integrar en la historia de Eneas la historia de Roma. Creo, para redondear la idea sobre la obra de Marechal, traer las palabras de Adorno: “Para un hombre que ha dejado de tener una patria, el escribir se convierte en un lugar para vivir”.

Virgilio elige la expresión épica, que es filosófica. Marechal sigue esa trayectoria y canta a lo que no es; que eso que no es sea más real de lo que es. Es una aventura espiritual para volver a sí mismo. La imaginación, y también la fantasía, es la que busca en mitos. El poeta profetiza. Desde la imaginación y lo visionario el mundo de la realidad. Su residencia, en verdad, es la patria poética. Construye una materialidad alegórica y mágica. En esa construcción encontramos los movimientos del alma del poeta. Mallarmé expresaba que toda obra humana va a desembocar en un libro. Su forma lírica define planos, espacios, desarrolla asimismo una forma semántica, musical y visual. Todo lo realiza en un lenguaje que se resiste a la sacralización aspirando, simultáneamente, a lo sagrado. Para revelar, al fin, el sentido de su existencia. Aspirar a la verdad, tal como lo enunciara Keats, es aspirar a la belleza.

DEL ÁRBOL


Hay en la casa un Árbol

que no plantó la madre ni riegan los abuelos:

sólo es visible al niño, al poeta y al perro.



Su primavera no es la que fundan las rosas:

no es la vaca encendida ni el huevo de paloma.

Su otoño no es el tiempo que trae desde el mar

caballos irascibles, por tierras de azafrán.

Al Árbol suben otras primaveras e inviernos:

el enigma es del niño, del poeta y del perro.



Cuando la primavera sube al Árbol–sin–nombre,

vestidos de cordura florecen los varones;

y Amor, en pie de guerra, se desliza

de pronto a la sabrosa soledad de las hijas.

Entonces el sabor de algún cielo perdido

desciende con el llanto de los recién nacidos.

Pero cuando el invierno lo desnuda y oprime,

sobre los techos llueven sus hojas invisibles,

y, horizontal, cruza las altas puertas

alguien que por el cielo desaprendió la tierra.



Hay en la casa un Árbol que los grandes no vieron:

el enigma es del niño, del poeta y del perro.

(De Odas para el hombre y la mujer, 1929)



Carlos Penelas
Buenos Aires, 20 de octubre de 2020
miércoles, octubre 21, 2020 No comments
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